Las paradojas de los servicios de agua III

por Emiliano Rodríguez Briceño
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Probablemente las paradojas más paradójicas, si se vale lo reiterativo, las encontramos en las eficiencias y el manejo que se hace de ellas.

Eficiencia física igual a agua facturada entre agua producida. Un índice ampliamente manejado que a veces dice muy poco. ¿Aceptamos una eficiencia del 80% como buena? ¿Como una meta deseable, cuando el promedio nacional no rebasa el 60%?

Analicemos un poco los factores del índice. ¿Cómo sabemos del agua producida? Es desde luego el agua obtenida de las captaciones del organismo operador. En su inmensa mayoría, las captaciones utilizadas son pozos más o menos profundos. ¿Macromedidos? ¿Bien medidos? ¿Conocemos la exactitud de los macromedidores instalados? ¿Con una estadística confiable? Es decir ¿Se leen periódicamente? ¿Alguien conoce macromedidores que hayan sido calibrados periódicamente?

El PRODI, un programa de inversión de la CONAGUA, con fondos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) realizó más de un centenar de estudios para otros tantos organismos operadores de poblaciones entre 50,000 y 900,000 habitantes. En todos se hacía evidente la falta de macromedidores en las captaciones, las instalaciones como tanques y plantas. Como los organismos no daban demasiada importancia a su existencia, se impuso como condicionante que la instalación de macromedidores era una prioridad del programa. Lo mismo se hizo en otros programas de la misma institución, para cuando menos tener cierta confiabilidad de los volúmenes producidos. Lo paradójico es que los propios organismos no dieran un alto índice de prioridad a conocer con certeza los volúmenes de agua que estaban manejando.

Las fugas y desperdicios entre las captaciones y antes de la distribución, en malas conexiones, fugas en las conducciones, desperdicios en plantas, rebombeos y tanques se conocen, pero no se cuantifican adecuadamente ni se lleva una estadística de ellas. Ya en el proceso de distribución es cuando se dan la mayoría de las pérdidas por fugas en las tuberías y sobre todo en las conexiones domiciliarias antes del medidor. Y es a este tipo de fugas a las que se atribuyen todas las pérdidas de agua representadas por el índice de eficiencia física. ¿Una eficiencia física del 60%? ¿O sea, pierden en fugas y desperdicios el 40% del agua que se bombea? ¡Horror!

Pero el índice de eficiencia física tiene otro componente, el agua facturada. ¿Y cómo conocemos cual es el volumen de agua facturada? Por la sumatoria de los volúmenes consumidos por cada usuario del organismo. ¡Y que se les facture! Y con esto comienzan otra serie de situaciones paradójicas.

Para entenderlas todas, comencemos dando un vistazo a los medidores domiciliarios que se usan en nuestros organismos operadores en general, sus condiciones, vida útil y otros detalles.

La enorme mayoría son medidores de velocidad, medidores que se basan en el paso del agua que a cierta velocidad hace girar una hélice, aspa o rotor que transmite el movimiento mediante un mecanismo más o menos sofisticado, mecánico o magnético, a una relojería que mide el volumen del agua que pasa por el aparato. Los medidores de fábrica deben permitir una medición con exactitud del +/- el 2%, desde luego con limitantes en cuanto a velocidad inicial del agua, límites del gasto, es decir del volumen permitido en un tiempo dado, temperatura del agua y contenido de materia sólida en suspensión o disuelta susceptible de formar incrustaciones. Tienen una vida útil no mayor de 5 años y normativamente se aceptan con una exactitud del 5%.

Además, los medidores deben funcionar en un plano horizontal en la dirección del flujo del agua. Si el plano del medidor se inclina en un ángulo de 15 grados, situación muy común generada por los propios lecturistas, que inclinan los medidores para facilitarse la lectura de la carátula, la exactitud de la medición se reduce de forma notable, observándose inexactitudes de hasta el 20%.

Los organismos con mejores sistemas de mantenimiento tienen rezagos de la vida útil de sus medidores, superiores al 30%, es decir más del 30% de sus medidores rebasan los 5 años de operación. Esta situación se da porque para mantener una vida útil vigente, un organismo tendría que cambiar anualmente el 20% de todos sus medidores, aunque aparentemente estén midiendo bien, ya que la degradación en la capacidad de medición es paulatina y no súbita. Un organismo con 100,000 medidores debía reponer anualmente al menos 20,000 medidores para mantener vigente su vida útil. ¿Cuánta agua se pierde por submedición debido a esta circunstancia? No lo sabemos.

Tampoco sabemos cuanta agua se pierde por submedición por la posición incorrecta de los medidores. Siempre que se levanta un medidor para comprobar su exactitud en un banco de medidores, el propio banco de comprobación es para colocar los medidores en una posición correcta, disimulando la posible submedición sin que esto sea intencional.

Si agregamos la calidad del agua y su posible capacidad incrustante, muy notoria en algunos organismos como pasaba en Mazatlán por fierro y manganeso, podemos añadir un factor más de submedición.

Pero falta por tomar en cuenta al enemigo invisible. La terrible combinación de las cisternas y tinacos con los flotadores usados normalmente casi en todos los domicilios. Abrir una llave de agua en un domicilio o usar la descarga de un sanitario, genera un flujo fácilmente detectable y medible por un medidor, pero si la descarga es amortiguada por la combinación tinaco cisterna, el efecto percibido por el medidor es mucho menor. Si agregamos que los flotadores son otro amortiguador de la velocidad del agua por su cierre y apertura paulatina conforme sube o baja el flotador, se da un flujo tan bajo que reduce la capacidad de medición de los mejores medidores. En León pudimos hacer pruebas con estas combinaciones, observando un fenómeno de submedición mínima del 12% con medidores en perfectas condiciones de exactitud en condiciones de banco de pruebas.

En las condiciones comentadas, si los paradigmas de mantenimiento, servicio tandeado y uso de cisternas y tinacos no cambian radicalmente, en las mejores condiciones posiblemente no pueda aspirarse a eficiencias físicas mayores del 70% en la generalidad de los sistemas de nuestro país.

Por otra parte, se llega a un punto en la búsqueda de la eficiencia, que los pasos por dar son acciones que pueden generar reacciones negativas de los usuarios, o sea, la búsqueda de eficiencia puede llegar a molestarlos, aun cuando es evidente que la eficiencia sería un beneficio para todos. El problema es que lo sería en el mediano plazo y no es perceptible de inmediato. Después del mejoramiento interno en cuanto fugas, presiones, mantenimiento y capacitación, las condiciones de eficiencia máxima se logran cuando todos, pagan todo lo que se consume.

Es decir, no hay cartera vencida, lo que exige aplicar medidas a usuarios morosos hasta lograr eliminar la cartera vencida. Todos los medidores miden bien, lo que exige cambio de medidores obsoletos por medidores que miden correctamente, lo que incrementa la cuenta del usuario al cambiarle el medidor que aparentemente funciona bien. Cuando se disminuye la submedición con campañas para uso de flotadores de gatillo para eliminar los flujos mínimos, y que aumentará la facturación.

La gran paradoja es que aumentar la eficiencia podrá en el tiempo reducir las tarifas por disminución de todo tipo de pérdidas, pero como dijimos antes, no es perceptible de inmediato y exige mantenimiento de planes de operación que difícilmente se alcanzan por los períodos administrativos tan cortos a que están sometidos los organismos operadores.

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