Hasta la vista Agustín

por Emiliano Rodríguez Briceño
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El miércoles 11 de noviembre, alrededor de las 7 de la noche recibí de un amigo de León la noticia de la muerte de Agustín Báez. De inmediato me dirigí a su hijo Agustín y me confirmó que hacía una hora su padre había fallecido. Le transmití mi pésame y me quedé pensando y recordando a Agustín y lo que significaba su pérdida, en lo personal y para el ambiente en que nos movíamos, los servicios de agua potable y saneamiento.

En lo personal, nuestro común origen y nuestro encuentro en SAPAL, cuando llegué como director a la institución; nuestra común amistad con quien considero el hombre más bueno a quien he conocido, Vicente Guerrero; nuestras coincidencias en el trabajo que desempeñamos en León y los logros que con su participación y esfuerzo alcanzamos, fortaleció una amistad y afecto que, sin compartir intimidades, crecieron con respeto y reconocimiento mutuo por nuestras capacidades.

Mi primer trabajo y contacto con el agua potable y sus servicios, fue en la extinta Secretaría de Recursos Hidráulicos en la ciudad de México, donde me encargué y desarrollé el tema de estudios pitométricos para la definición de sectores y el control de presiones y fugas. Salí de allá, para trabajar en la propia SRH en el estado de Querétaro y seguir mi vida profesional ligada continuamente al agua.

La persona que entró a la SRH en México y a mi partida, continuó los trabajos en área de estudios hidrométricos, sin yo saberlo, fue el joven Ing. Agustín Báez en donde se familiarizó con las mismas técnicas con las cuales desarrollaría sus trabajos en SAPAL. En encuentros que siempre se dan en el ambiente, en reuniones técnicas y convenciones, nos conocimos e identificamos nuestro común origen.

Agustín, leonés y conociendo a Vicente Guerrero, fue invitado por éste a unirse y trabajar en SAPAL para apoyarlo en el tema y se quedó como encargado de la operación y mantenimiento de los servicios de agua potable, durante más de 30 años, en donde volvemos a coincidir cuando me incorporé al organismo operador. Permaneció en el puesto por su sólida entrega, a pesar de que el director de la institución, posteriormente a Vicente, lo pretendió correr más de una vez. Su trabajo y la amistad con Vicente lo mantuvieron y le permitieron ser un puntal de la institución.

En seis años de trabajo con objetivos comunes y convivencia permanente, se dan una serie de anécdotas, de las que solo quisiera rescatar algunas. Al llegar y revisar las estadísticas de SAPAL, uno de los organismos operadores reconocidos en el ambiente por su desempeño, pregunté a Agustín cual era la continuidad del servicio prestado a la población. Al comentarme que era del 70% más o menos, le dije que debíamos elevarla al 100%. Su respuesta, que he comentado otras veces, fue que se bajaría el nivel de eficiencia que se había alcanzado. ¿Cuál es el verdadero objetivo, presumir una eficiencia o dar un servicio de verdadera calidad? Sin contestar, pero con claro esfuerzo, se dedicó con su personal a elevar la continuidad del servicio hasta alcanzar la continuidad en más del 95% de las redes, a pesar de la topografía y de zonas especialmente difíciles. Efectivamente la eficiencia se cayó varios puntos y hubo extrañamientos del Consejo de Administración. Dimos explicaciones y en algunos meses fuimos recuperando el índice de eficiencia, manteniendo la continuidad del servicio.

Cuando llegué, el organismo tenía un 25% de automatización de las fuentes y el proceso de toma de datos estaba bajo la responsabilidad del área de informática. Operación e informática se la pasaban comparando datos sin que la automatización fuera una herramienta, sino que parecía un juguete de Informática. Con ellos tomamos la decisión de que instalar, probar y mantener correspondía a informática y la operación de día a día, así como la colección de datos, era de operación. Protestas, reproches, pero avanzamos hasta que la automatización avanzó a cubrir el 100% de las instalaciones y bajo el manejo y aprovechamiento de operación.

Agustín y yo platicamos de lo que había visto en Barcelona y planeamos llegar a tener todas las fuentes, tanques y sectores de la ciudad, controlados desde una central con una pantalla en la pudiéramos ver la operación de todas las instalaciones en tiempo real. Nos pareció en principio un sueño guajiro. Avanzamos, se concentró en alcanzar el 100% de las instalaciones automatizadas. Tenía visualizado su objetivo y un día llegó a preguntarme en dónde quería yo la pantalla para concentrar la información. Le dije que no quería un juguete para el director, sino una herramienta para operación. Tuvimos que construir detrás de su oficina un edificio ad hoc para el sistema y Agustín y su gente pudieron presumir su central de información y monitoreo con una pantalla de 7.50 m por 2.50 m en la que se podía monitorizar las instalaciones en tiempo real.

La sectorización de la red fue un proceso pragmático de Agustín. Sin modelos matemáticos de la red y sin proyectos hidráulicos previos, los cuales demandan muchos recursos, fue aislando sectores conforme a las posibilidades de la propia red. Dirigiendo el caudal de fuentes y tanques hacia zonas específicas y avanzando en el proceso de análisis de los sectores, para regular presiones y eliminar fugas de agua. Un proceso de largo tiempo en el que siempre se puede mejorar, reduciendo tamaño de sectores e instalando medidores de flujo y presión automatizados, para controlar mejor la eficiencia física.

Uno o dos años después de haber dejado SAPAL y trabajando en CONAGUA, me enteré de que Agustín había sido jubilado. Merecía la jubilación, pero no dejarlo de lado. Lástima por León, cualquier pretexto era absurdo.

Agustín siempre había hablado de escribir un libro sobre los procesos de operación. Yo andaba en el proceso de instrumentar la escuela del agua, dirigida a los niveles operativos del personal de los organismos operadores de agua y saneamiento. Invité a Agustín a sumarse al proyecto, implementando cursos de operación y mantenimiento. Era un excelente maestro, no precisamente por sus dotes pedagógicas, pero para los asistentes de los organismos, a muchos de los cuales conocía, era una fuente de conocimiento. Tenía respuestas a cualquier cuestionamiento y su experiencia le permitía apoyar los problemas enfrentados por sus alumnos. Durante tres años participó. A mi salida de CONAGUA, entiendo que la escuela continuó con otras consideraciones y el se mantuvo entre el personal docente. Y entonces se encontró de frente a la enfermedad que lo llevaría al fin.

Agustín tenía familia en Chicago y anualmente hacía un viaje de vacaciones. Sabía que me gustaba usar calcetas abullonadas y siempre llegaba con un paquete que me tiraba diciendo -Para este año-. El último lo guardo aun sin usarlas. Una vez me regaló unos escarpines tejidos por su consuegra, de origen ukraniano. Para su nuera fue como un padre. Con su hijo Agustín, durante el penoso desarrollo de su enfermedad, hice una buena amistad.

No era perfecto, pero era un gran tipo. Me enseñó a comer de los mejores tacos de León. Un buen amigo, un excelente ingeniero con verdadera vocación de servicio, un gran padre de familia.

Lamento su pérdida y le deseo un buen retorno.

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