Creer o no creer

por Emiliano Rodríguez Briceño
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¿Es una opción?

Cuando estaba estudiando la Prepa, tendría 16 o 17 años, un compañero que lo venía siendo desde la primaria en la Escuela Modelo, enfermó súbitamente y lo internaron en un hospital, para cirugía de urgencia. Apendicitis con reventamiento del intestino. A partir de ese momento, todo lo que relato fueron los comentarios de diversos compañeros que lo visitaron o estuvieron cerca de la familia. Tuvieron que sacarle el paquete intestinal para lavarlo de los rastros de infección y volvérselos a colocar en el vientre.

No mejoraba, a los pocos días lo volvieron a operar para hacer lo mismo porque la infección no cedía. Las noticias variaban cada momento, mejoraba, empeoraba, no podría recuperarse. Hasta que una mañana nos comunicaron que había muerto de septicemia. La noche anterior ya ante lo inevitable, los médicos le retiraban el suero y los aparatos a que lo tenían conectado. Él estaba consciente y entendiendo lo que significaba, pidió a los médicos que no lo desconectaran, por si alguna esperanza quedara.

Para todo el grupo fue un shock, un primer enfrentamiento con una muerte que se va anunciando momento a momento, hasta que llega, desalmada, terrible, inevitable en el cuerpo de un muchacho que parecía tener toda la vida por delante.

Misas, rosarios, peticiones por la salvación de su alma. Desde entonces había dejado atrás las creencias y no asistí a ninguno de los actos celebrados por mis compañeros y sus familias. Pero detrás de mi cínica actitud ante su muerte, mi espíritu se vio fuertemente sacudido. No se siquiera si la petición de él para que lo dejaran conectado por si algún milagro se diera fue real o no, pero la imagen daba vueltas en mi mente, una y otra vez. Él había sabido que no había remedio, sabía que la muerte era inevitable y se había aferrado hasta el final a la posibilidad que no llegara. Me veía en su lugar y trataba de entender lo que podría yo sentir en un caso así. Lo que sentiría cuando el momento llegara para mi, porque llegaría inevitablemente.

Difícil expresar todas las sensaciones que esas reflexiones me produjeron, pero lo que, si es real, es que acentuaron mi falta de fe y de la capacidad de creer en cualquier planteamiento religioso.

He desarrollado no solo un profundo respeto hacia la fe y las creencias religiosas de amigos y personas en las que éstas, son sinceras y arraigadas honestamente. Claro, eso no impide que a veces los cuestione seriamente ante las incongruencias que la fe conlleva. Pero en el fondo, a veces pienso que es por un soterrado sentimiento de envidia.

Hace muy poco, un martes en la mañana recibí una llamada telefónica. Mi hijo menor estaba internado para ser intervenido de urgencia, un caso de apendicitis con posible rompimiento del intestino por la infección. Desde varios días antes no iba al baño y había tenido un dolor que intentaba calmar con analgésicos. Lo habían llevado compañeros de trabajo al hospital. Salí de inmediato al sanatorio y al intentar acceder al mismo, fui detenido y me informaron que ante la pandemia y por ser un adulto mayor, persona de alto riesgo, me estaba vedada la entrada en forma definitiva. Afortunadamente encontré en la misma entrada a su compañera sentimental que me comentó que estaba esperando que bajara el compañero que lo había llevado y que estaba en el sitio de enfermería. Le pedí que por favor me mantuviera informado en cuanto saliera del quirófano. Me quedé en la entrada en el área de vigilancia, porque no me habían dejado pasar ni a la recepción del hospital.

Todo el caso de Ermilo vino a mi memoria. El impacto me dejó frío, angustiado ante la semejanza, pensando en el peor de los escenarios. La sensación aumentó cuando su pareja me informó que, aunque había salido bien de la operación, todavía existía un alto nivel de riesgo por lo avanzado de la infección y el daño a los tejidos.

Pasaban los días, las noticias eran aisladas, ni siquiera se a ciencia cierta si lo volvieron a intervenir, porque en cierto momento se dijo eso. Aparentemente habían encontrado que era diabético, lo que hacía más difícil el proceso de cicatrización. Después el proceso se alargaba por la aparente parálisis del intestino lo que obligaba a que tuviera una sonda nasogástrica.

Días de una angustia creciente. Sentía que mi hijo podría morir en cualquier momento. Sin tener en realidad acceso a noticias directas del médico, siempre se supone lo peor. Veo la muerte como una fase más de la vida, pero no es normal que un hijo muera antes que los padres. La angustia a veces apretó tanto, que sentía que el llanto me cerraba la garganta. Y sin el consuelo de poder rogar, pedir un milagro que me lo devolviera, que lo mantuviera con vida. Rogar, pedir ¿a quién? No creer es una soledad consciente y profunda.

Afortunadamente la situación fue evolucionando muy lentamente, pero para bien. A base de caminatas dolorosas, dietas, soportar sonda y encierro en el hospital se fue recuperando. Todavía salió a su casa obligado a tener muchos cuidados. Tengo que pensar mucho para saber cuanto tardó la incertidumbre. Quizá dos semanas, pero mi sensación es de mucho, mucho tiempo.

Entendí el por qué a veces se puede sentir envidia de las personas que tienen fe y pueden pedir y esperar. O que pueden encontrar conformidad ante un designio superior. No creer implica una soledad y sentimiento de impotencia ante lo que no puede controlarse. Pero no es una elección. No existe la opción voluntaria. Se cree o no se puede creer. Cuando entendemos que toda causa o acción tiene un efecto y que no podemos escapar a eso. Que las cosas no son justas o no, simplemente son, la posibilidad de creer a través de la fe no existe. La naturaleza manda y no queda más que enfrentar la soledad, y la impotencia se rinde ante lo que es.

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2 comentarios

Mario Buenfil 6 junio, 2021 - 3:35 pm

“No creer es una soledad consciente y profunda”. Una frase que tendré presente por mucho tiempo. Difícil de vivirla en esos momentos tan duros que narra, pero como bien dice usted, la creencia no se puede forzar, cuando hay evidencias y valores en otro sentido. Aprecio su escrito y su sinceridad.

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Jorge Montoya 7 junio, 2021 - 12:15 pm

Emiliano: Celebro que el resultado haya sido favorable y espero que la experiencia de vida ayude a aclarar tu dilema existencial. En lo personal yo si creo y eso me ha permitido afrontar con mayor serenidad situaciones igualmente difíciles, y su resultado ha fortalecido mi fe.
Reconozco tu valor al hacer pública la disyuntiva que planteas. Gracias por compartir. Abrazo

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