Libertad de Prensa

por Emiliano Rodríguez Briceño
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En la dirección de un organismo operador de agua potable y saneamiento, la buena relación con la prensa es indispensable y eso requiere de conocer el medio y mantener contactos en los mejores términos, para estar en posibilidades de transmitir de la mejor manera al público, las acciones del organismo. Con toda la inexperiencia que conlleva el estar al frente por primera vez en un organismo, tenía la absurda pretención de que bastaría con ser eficiente y prestar un buen servicio, para no tener que estar buscando esas buenas relaciones, ya que éstas se darían como una consecuencia de mi actuación y la de mi equipo de trabajo.

Después de un año de trabajo, de un incremento de tarifas y de la reacción de la población, tanto el asesor que teníamos para publicidad y mi propio gerente administrativo, me hicieron ver que debía acercarme a la prensa y promover nuestra imagen. Personal de Gobierno del Estado propició mis primeros encuentros con los dos directores  de los dos diarios más importantes del Estado y comencé lo que fue, a largo del tiempo, una excelente relación con la prensa estatal durante casi 10 años.

Nunca he sido un político, mucho menos buen político en mi trato, más bien un tipo rasposo, como me llamó un periodista en León, Gto. durante mi estancia en ese organismo. Pero tampoco tonto para no saber adaptarme a circunstancias que he tenido que enfrentar para cumplir con mi trabajo y alcanzar los objetivos del organismo, aunque a veces ha representado morderme la lengua y seguir sonriendo.

Terminé desayunando semanalmente con alguno de los directores en reuniones cordiales, algunas veces divertidas, ya que ambos, hombres de mundo, eran excelentes platicadores y al frente de los periódicos, conocían de todo y todo de todos, lo que muchas veces redunda en jugosas y divertidas anécdotas. Claro, al principio me fueron platicando como mejorar mis relaciones. Por un lado, era necesario que el reportero de la fuente estuviera pendiente de las acciones y eventos de la CEA para tener siempre una publicación a tono, o que pudiera tener a mano las explicaciones en caso de quejas o contratiempos. También era necesario que un fotógrafo de prensa estuviera a tiempo en dichos eventos y que los trabajos de la CEA estuvieran gráficamente ilustrados para contar con el material suficiente para la preparación de reportajes. Una módica iguala para el reportero de la fuente de un periódico, y la correspondiente para el fotógrafo del otro periódico, allanó nuestra falta de interlocución y a partir de entonces todo fue coser y cantar, como dicen las abuelas de antaño. Nuestros desayunos eran verdaderamente cordiales y llenos de buen humor, de rumores y anécdotas.

Sin embargo, en cierta ocasión empezaron a llovernos críticas por nimiedades o quejas de algún usuario, magnificadas en uno u otro de los periódicos. Los desayunos, por disculpas de los directores, no se habían celebrado y estaba comenzando a preocuparme lo que sucedía, cuando afortunadamente, con motivo de una visita de corte político, se realizó una comida después de alguna importante inauguración y la suerte hizo que me viera a la mesa con ambos directores y tuviéramos la ocasión de platicar. Les expresé mi preocupación y les pregunté el motivo de lo que sentía, eran ataques injustificados.

Ambos se rieron y me dijeron – Ingeniero, no se preocupe, lo de usted son juegos realmente. ¿No se ha fijado cómo les está yendo a varios de sus colegas de Gobierno? -.

En efecto, lo que pasaba conmigo eran detalles que a mi me preocupaban por ser de mi  responsabilidad, pero, para otras dependencias de gobierno, parecían bombas mediáticas lo que les llovía. Me explicaron que era una campaña orquestada por ambos periódicos, para poner en aprietos al secretario particular del Gobernador. Querían darle una lección, porque ambos le habían pedido un favor, sin que se hubiera tomado siquiera la molestia de consultar al Gobernador, había negado en ambos casos el favor solicitado. Tenía que entender el señor secretario, el peso que los periódicos tenían. En cuanto el Gobernador se enterara y tomara medidas, las aguas tomarían su nivel.

Tranquilo en lo que a mi me tocaba, indagué sobre lo que el secretario particular había hecho que ofendiera a ambos de esa manera. Cada uno por su parte, había pedido favores para una comadre que lo era de ambos y se los habían negado. Era algo que ellos consideraban que no debían permitir.

La comadre de los dos era la administradora de La Yegua, el burdel más conocido del Bajío.

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