La compra de votos

por Emiliano Rodríguez Briceño
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Después del destemplado ataque contra “la compra de votos” por la entrega de tarjetas que podrían adquirir un valor económico si el partido ofertante alcanzara la victoria, cabe la reflexión sobre el significado de las campañas políticas modernas en nuestro país.

En resumidas cuentas, cada campaña se reduce a una serie de ofertas políticas, sociales, económicas, de bienestar, de cambio, de un futuro mejor, de tranquilidad, de honestidad, todos ellas en el futuro siempre y cuando el candidato que las ofrece gane las elecciones, algunas con compromisos escritos o solo de palabra, en los que el ciudadano deposita su voto con la esperanza de que de verdad se cumpla lo ofrecido.

Las campañas son una compra de votos en la que la moneda tradicional son esperanzas e ilusiones en las que la credibilidad, simpatía y carisma son las garantías frecuentes.

Si la garantía se hace más sólida y la esperanza o expectativa es efectivo parece que las cosas se empiezan a ver mal. Si la oferta es de efectivo a cambio de ser “nini” o tener más de 65 años, ¿es diferente a poseer una tarjeta recibida durante la campaña?

La oferta al personal médico de duplicarles el sueldo ¿no es una compra? O el problema se centra en que la oferta sea etérea, aunque sepamos bien que es una flagrante mentira por lo irreal de su cumplimiento.

Al pueblo de México se le compró su voto con monedas que han significado un retroceso al pasado y que poco a poco van cancelando su posibilidad real de un futuro mejor, como lo hicieron los conquistadores a cuyos descendientes les exigimos que ofrezcan disculpas por haber comprado nuestro país a cambio de espejitos. Espejitos representados ahora por pensiones, becas por no hacer nada, que en nada cambian la situación estructural de quienes la reciben en forma de limosnas que son el pago por sus votos.  

Unos y otros pretenden comprar votos con las monedas que creen que serán más atractivas para los votantes, sean promesas de bienestar, ofertas de paz, abrazos, becas, pensiones, salud, y muchas otras que dependerán de las necesidades más urgentes de los votantes o las ofertas más creíbles para quienes van a ir a votar.

Rasgarse las vestiduras ante la asamblea, ha sido siempre un recurso de demagogos. El acto pretende ocultar siempre las propias ofensas al pudor de quien recurre al acto público.

El verdadero valor que debe ofrecerse es el cumplimiento de las ofertas anteriores o el sustento sólido de los argumentos esgrimidos de quien solicita el voto. Tristemente, ni unos ni otros tienen en las manos suficientes elementos para esgrimir, ni el pueblo bueno, o no tan bueno, parece tener la capacidad de exigir y distinguir entre monedas o espejitos.

Tristemente una verdadera democracia requiere de la capacidad de juicio para elegir entre opciones viables respaldadas por argumentos con sustento real, contra opciones sin futuro sostenible en beneficio de nuestros hijos y del país que les dejaremos.

Y eso exige un país menos estratificado en sectores menos diferenciados culturalmente para que un voto tenga el mismo valor entre los mexicanos de todos los estratos. Sin un cambio cultural, precedido por un impulso a la educación que está ausente seriamente de todas las ofertas, las campañas por votos no son más que eso, compra de votos y venta de ilusiones.

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2 comentarios

Mario Buenfil 31 mayo, 2021 - 12:48 pm

Muy bien expresado. Gracias.

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Enrique Ismael Guzmán Ortega 31 mayo, 2021 - 5:18 pm

Desde 1970 que voté por primera ocasión (fue en ese año que se cambió la edad para votar de los 21 a los 18 años de edad), sigue siendo la venta de un producto, y la mercadotecnia electoral, ahora con productos diversificados de lo mismo, pretende demostrarnos lo diferente que son los guales; la clase política, sin importar el partido, es la misma. Coincido con lo que expones Emiliano

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