Ciudadanía, servicios públicos e infraestructura

La corresponsabilidad que México ha postergado0

Uno de los rasgos más persistentes de la vida pública en México es la expectativa de que el gobierno sea el único responsable de resolver los problemas colectivos. Esta visión se refleja con particular crudeza en los servicios públicos y en la infraestructura: cuando fallan, se exige su corrección; cuando se anuncian nuevas obras, se discute su monto o su impacto inmediato, pero rara vez se cuestiona la calidad de su concepción técnica, su sustento de largo plazo o la responsabilidad social en su origen.

En la práctica, esta cultura de delegación ha producido un sistema estructuralmente débil. Los servicios públicos dependen de infraestructuras que deberían ser el resultado de procesos técnicos rigurosos, sostenidos y socializados. Sin embargo, en México se ha normalizado la ejecución de obras sin proyectos ejecutivos completos, sin estudios suficientes y sin procesos serios de maduración. No se trata de excepciones: es un patrón.

Este problema no puede explicarse únicamente por la inercia gubernamental. La situación política y electoral impone horizontes cortos que son incompatibles con la naturaleza real de la infraestructura, pero la sociedad organizada tampoco ha asumido el papel que le correspondería en la construcción de soluciones de largo plazo. Un proyecto público bien concebido requiere años de análisis, validación técnica y socialización. Esperar que ese proceso ocurra exclusivamente dentro de administraciones de tres o seis años es, en el mejor de los casos, ingenuo.

Más preocupante aún es que amplios sectores de la sociedad organizada —cámaras, colegios, asociaciones técnicas y gremios— han limitado su relación con la obra pública a una lógica reactiva y transaccional: aguardar a que el gobierno anuncie proyectos para entonces participar como proveedores, contratistas o consultores. Son escasos los casos en los que estos actores asumen una responsabilidad previa, autónoma y sostenida en la gestación técnica de los proyectos, aun cuando cuentan con el conocimiento, la continuidad institucional y los recursos humanos para hacerlo.

Esta actitud no es neutral. Al renunciar a impulsar proyectos maduros y bien fundamentados, la sociedad organizada contribuye, por omisión, a la improvisación que después critica. Se exige planeación, pero no se invierte tiempo ni capital técnico en construirla. Se reclama eficiencia, pero se espera a que el gobierno haga el trabajo complejo para luego competir por su ejecución. Esta contradicción debilita tanto al Estado como al propio tejido profesional y técnico del país.

Frente a esta realidad, es necesario replantear de manera más exigente el concepto de corresponsabilidad ciudadana. Si se acepta que los ciclos políticos impiden la maduración adecuada de los proyectos, entonces la ciudadanía organizada debe asumir explícitamente el papel de garante del tiempo largo. Cámaras empresariales, colegios de profesionistas, universidades y asociaciones especializadas no pueden limitarse a ser observadores críticos o beneficiarios potenciales; deben convertirse en impulsores activos de proyectos técnicamente sólidos, elaborados con anticipación, discutidos públicamente y ofrecidos a los gobiernos para su ejecución.

Este modelo no desplaza al Estado ni privatiza la decisión pública. Por el contrario, eleva el estándar de la acción gubernamental y reduce la discrecionalidad, al obligar a que la ejecución se base en proyectos ya debatidos y técnicamente consistentes. Pero también exige un cambio incómodo para la sociedad organizada: pasar de la expectativa de contrato a la asunción de responsabilidad pública.

La calidad de los servicios públicos y de la infraestructura es un reflejo directo del nivel de madurez cívica de una sociedad. Mientras la ciudadanía —incluida la organizada— siga esperando que el gobierno piense, planee y cargue solo con los costos de largo plazo, los resultados seguirán siendo deficientes. Exigir sin contribuir no es ejercicio ciudadano; es una forma sofisticada de pasividad.

México no carece de capacidad técnica ni de profesionales calificados. Carece, todavía, de una ciudadanía organizada dispuesta a invertir tiempo, conocimiento y prestigio en la construcción de proyectos que no garantizan beneficios inmediatos, pero sí generan valor público duradero. La evolución pendiente no es solo institucional: es ética y cívica.

Ciudadanía, corresponsabilidad en México

La construcción del bien público

La ciudadanía es, en su definición básica, la condición jurídica, política y social que adquiere una persona al pertenecer a una comunidad organizada, normalmente un Estado, y que le otorga derechos y deberes reconocidos por la ley. Dicho de forma sencilla, ser ciudadano significa formar parte activa de una sociedad y participar en su vida pública conforme a normas compartidas. No se trata únicamente de una pertenencia formal, sino de una relación viva entre individuos, comunidad e instituciones.

En este sentido, la ciudadanía se construye sobre tres elementos fundamentales. El primero son los derechos, entendidos como las facultades que el Estado reconoce a las personas: votar y ser votado, expresarse y asociarse libremente, acceder a la educación, a la justicia y a la protección institucional. El segundo elemento son los deberes u obligaciones, que acompañan inseparablemente a esos derechos: cumplir las leyes, contribuir mediante impuestos, participar en la vida cívica y respetar los derechos de los demás. El tercer elemento es la participación, que implica intervenir en los asuntos públicos no solo a través del voto, sino también mediante la deliberación, la organización social y la vigilancia del ejercicio del poder.

En una concepción más amplia y contemporánea, la ciudadanía trasciende lo estrictamente legal y se entiende como una práctica social cotidiana. Incluye la conducta ética, el compromiso con el bien común, el respeto a la diversidad y la defensa de los derechos humanos. Bajo esta óptica, la ciudadanía no es un estatus pasivo que se posee, sino una forma de convivencia y corresponsabilidad que se ejerce.

Desde esta perspectiva cívica y social, los mexicanos como ciudadanos presentamos un perfil complejo y contrastante, resultado de nuestra historia política, de nuestras instituciones y de las condiciones socioeconómicas que caracterizan al país. No se trata de una valoración homogénea, sino de un entramado de fortalezas y debilidades que coexisten y, en ocasiones, se contradicen.

Entre las fortalezas destaca la alta capacidad de organización social. Ante la insuficiencia o ausencia del Estado, la sociedad mexicana ha desarrollado redes comunitarias y solidarias notables, visibles en la respuesta ante desastres naturales, en la organización vecinal y en el apoyo mutuo en contextos de crisis. A ello se suma un fuerte sentido de identidad y pertenencia, que genera cohesión cultural y arraigo al territorio, a la historia y a las tradiciones. Asimismo, existe una participación cívica informal amplia, expresada en movimientos sociales, activismo comunitario y defensa del territorio, del agua, de los derechos humanos y del patrimonio común.

Sin embargo, estas fortalezas conviven con debilidades estructurales profundas. Una de las más relevantes es la baja confianza en las instituciones, producto de una percepción persistente de corrupción, impunidad e ineficiencia, que ha erosionado la relación entre ciudadanía y Estado. A ello se suma una participación política intermitente, que para muchos se reduce al voto periódico, sin continuidad en la vigilancia, la exigencia de rendición de cuentas ni el seguimiento de políticas públicas. Finalmente, persiste la normalización de prácticas contrarias a la legalidad, como la evasión de normas o el incumplimiento de obligaciones cívicas, lo que debilita el Estado de derecho.

Estas características no surgen de manera espontánea. Están explicadas por factores estructurales: una historia prolongada de centralismo y autoritarismo que limitó la formación de una ciudadanía activa y crítica; una desigualdad social profunda que restringe el ejercicio pleno de derechos; y una educación cívica tradicionalmente más normativa y declarativa que práctica y experiencial.

El resultado es una ciudadanía que no es pasiva ni indiferente, pero sí fragmentada y desigualmente empoderada. Se trata de una ciudadanía reactiva, capaz de movilizarse ante la emergencia o la injusticia, pero aún débil en la construcción sostenida de instituciones, normas y bienes públicos. En síntesis, México cuenta con un alto potencial social y, al mismo tiempo, con un déficit institucional y cívico que responde más a condiciones históricas y de diseño que a una carencia de valores individuales.

La comparación internacional ayuda a entender esta condición. Observando lo que ocurre en Estados Unidos, se aprecia que, en términos generales, ahí predomina una ciudadanía más activa en lo público cotidiano, mientras que en México prevalece una actitud más pasiva frente a los asuntos comunitarios. La diferencia no se expresa tanto en discursos como en prácticas concretas.

En Estados Unidos, lo público no se concibe exclusivamente como aquello que hace el gobierno. Escuelas, parques, bibliotecas, seguridad vecinal, recaudación local y consejos comunitarios son gestionados o cogobernados por ciudadanos. Existe una fuerte cultura de voluntariado, donaciones, participación en comités y uso de mecanismos legales para la defensa del interés colectivo. En México, en cambio, lo público se asocia casi exclusivamente al Estado. Cuando un ciudadano actúa directamente, su intervención suele verse como algo extraordinario, no como una obligación normal. Predomina la expectativa de que el gobierno resuelva incluso problemas claramente comunitarios.

Esta diferencia tiene raíces claras. México heredó un modelo centralista y paternalista en el que el Estado fue durante décadas el proveedor casi exclusivo de servicios y decisiones, lo que formó una ciudadanía dependiente más que corresponsable. Además, participar en asuntos públicos suele implicar costos, riesgos, conflictos o desgaste, con pocos incentivos visibles. A ello se suma la debilidad del ámbito local: mientras en Estados Unidos el nivel municipal o comunitario es decisivo y con atribuciones reales, en México el municipio es, con frecuencia, la esfera más frágil del Estado. Finalmente, la educación cívica ha carecido de una dimensión práctica que enseñe, desde temprano, que la comunidad funciona porque alguien se hace cargo.

El punto central es que no se trata de una falta de solidaridad. Los mexicanos sí asumimos responsabilidades, pero principalmente en el ámbito privado y familiar, en situaciones de emergencia o de manera informal. Existe capital social, pero este rara vez se traduce en gobernanza cotidiana. Por ello, en México predomina una ciudadanía que espera al gobierno, más que una que se asume como parte del gobierno, no por apatía moral, sino por un diseño institucional que desincentiva la corresponsabilidad y por una historia que enseñó que involucrarse no servía o resultaba costoso.

Esta condición se refleja con especial claridad en los servicios públicos. Agua potable, limpieza urbana, mantenimiento de infraestructura, alumbrado, transporte y espacios comunitarios suelen concebirse como responsabilidades exclusivas del gobierno. Cuando fallan, la reacción ciudadana se limita al reclamo, la indignación o la resignación, pero rara vez se traduce en corresponsabilidad activa. En el caso del agua, por ejemplo, se exige continuidad, calidad y tarifas justas, pero se minimiza la responsabilidad ciudadana en el consumo racional, el pago oportuno o el reporte de fugas. En el entorno urbano, se demanda limpieza y orden mientras se tolera el deterioro de banquetas, parques y equipamiento común bajo la lógica de que “para eso está el municipio”. Esta actitud sobrecarga a gobiernos locales ya debilitados y erosiona la noción misma de bien público.

En contraste, en Estados Unidos es común la participación ciudadana en juntas locales, asociaciones vecinales, consejos escolares y esquemas de voluntariado que inciden directamente en la calidad de los servicios. No se trata de un Estado ausente, sino de un Estado acompañado por ciudadanos que se reconocen como parte de la solución. Lo público se vive como un espacio compartido, no delegado.

Evolucionar como ciudadanía implica, por tanto, un cambio profundo: pasar de una cultura de exigencia pasiva a una de corresponsabilidad activa. Esto no significa sustituir al Estado ni justificar su ineficiencia, sino fortalecerlo desde la base social. Implica asumir que pagar los servicios, cuidarlos, participar en su planeación y vigilar su operación forma parte del ejercicio pleno de la ciudadanía.

Cerrar esta brecha exige acciones concretas y simultáneas. Por un lado, gobiernos dispuestos a abrir espacios reales de participación y rendición de cuentas, donde la intervención ciudadana tenga efectos tangibles y seguros. Por otro, una sociedad dispuesta a involucrarse de manera cotidiana, no solo en la protesta o la emergencia, sino en la gestión ordinaria de lo común.

La calidad de los servicios públicos es, en última instancia, un reflejo del tipo de ciudadanía que los sostiene. Mientras sigamos esperando que el gobierno lo haga todo, seguiremos teniendo servicios frágiles y comunidades desconectadas. El reto para México es construir una ciudadanía que no solo demande derechos, sino que asuma responsabilidades como parte integral y permanente de la vida pública.

Responsabilidad

Mientras hacía ejercicio, la tele prendida para aportar algo de ruido, por uno de los noticiarios matutinos pasaron un pequeño reportaje sobre una manifestación en Hermosillo en recuerdo de los 24 años del incendio de la guardería ABC que causó la muerte de muchos de los niños que ahí se encontraban en ese momento. Una madre de los pequeños desaparecidos decía -… y siguen sin hacernos justicia, nadie está en la cárcel, las reparaciones económicas de que sirven si nadie está en la cárcel…- su expresión me dejó reflexionando sobre la justicia, la culpa y el castigo.

Definitivamente no soy un filósofo y mucho menos un jurista, pero esos conceptos siempre me han hecho pensar y cuando situaciones como la de la guardería mencionada ocurren, no puedo evitar pensar en las incongruencias de nuestros sentimientos, que muchas veces se transforman en acciones y algunas quedan sujetas a leyes y juicios igualmente carentes de sentido a la luz de análisis de cómo sentimos y reaccionamos los seres humanos, dotados supuestamente de conciencia y sentimientos.

Si cinco o seis personas, el número sería irrelevante, estuvieran en la cárcel ¿los padres afectados estarían satisfechos y las manifestaciones no tendrían objeto? ¿se habría hecho justicia? En lo único que estaría de acuerdo es en que el hecho no debería olvidarse y en que algo se debería estar haciendo, además de lo que se haya hecho, para que una situación semejante no se repitiera.

La responsabilidad que asumimos o que se nos otorga y la aceptamos es la que deriva, cuando la incumplimos, en posibles culpas, al margen de los sentimientos de culpa en que vivimos sumidos por las enseñanzas religiosas, las cuales a veces tienden a complicar la aplicación de determinación de culpables.

La culpa es de quien conscientemente realiza un acto para provocar algo, o de quien viola una ley, o de quien no respeta normas de seguridad, o de quien tiene la responsabilidad de supervisar la seguridad y no lo hace, o también de quien no se asegura de que el lugar donde vive o donde deja a sus hijos, cuente con la seguridad requerida para que no se den situaciones de riesgo.

¿Creemos que hubo personas que conscientemente pudieron provocar el incendio? ¿Existen leyes y normas claras que definan la responsabilidad en forma explícita de los participantes? ¿Existen normas y procedimientos de supervisión que no se cumplieron, dando lugar a la desgracia? ¿Los locales para cualquier fin de reunión o estancia de personas son debidamente supervisados en cuanto a sus normas y mecanismos de seguridad previos a ser utilizados? ¿Nos preocupamos como sociedad de exigir que todas las normas mencionadas existan y se cumplan?

Lo terrible es que como sociedad nos desentendemos, pero reaccionamos violentamente cuando el derrumbe de una escuela, el incendio de una guardería nos enfrenta al dolor común que como seres sintientes enfrentamos ante la muerte y las heridas en personas concretas. Y se clama por culpables para colgarlos sin pensar en que solo hacen y han estado haciendo lo que la sociedad les permite.

Porque en la medida de la identificación de culpables y en el clamor por su castigo, estamos diluyendo la responsabilidad de la sociedad, estamos diluyendo nuestra propia responsabilidad.

En Hermosillo, en Sonora, en México entero, después del incendio en la guardería ABC, ¿se han mejorado las condiciones de seguridad de todas las guarderías? Bueno, la 4T las ha suprimido ¿se han elaborado mejores normas de seguridad? ¿se ha aumentado la supervisión de todos los locales, escuelas, centros de reunión, centros de trabajo o centros de migrantes en cuestiones de seguridad?

Ni el castigo de culpables, ni la remediación económica devuelven la vida a quienes se fueron. Pero podemos evitar que otras vidas se pierdan si como sociedad exigimos que se actúe atacando las causas que propiciaron lo ocurrido.

Pero la sociedad no existe, solo existen los individuos, las personas. La sociedad no asume responsabilidades, las asumimos cada uno de nosotros. Aunque no queramos, aunque nos resistamos, somos responsables. No podemos diluir nuestra responsabilidad en el grupo, en la sociedad o en el partido. Soy responsable de mi familia, de mis hermanos, mis vecinos y en último caso de mis adversarios y enemigos.

Más allá de guarderías y escuelas tenemos que sentirnos responsables cada uno de lo que está sucediendo.

Un desayuno anual

Las fiestas anuales de invierno, aparte del frío y las gripas, traen algunos buenos encuentros, epistolares y personales. Para mí, uno de ellos, es la posibilidad de reunirme en eventual desayuno, con la familia de Jorge, esposo de la hermana de quien fuera mi esposa anterior. A pesar de los 25 años de ya no ser familiares políticos, me une con sus hijos un afecto que ha trascendido la sangre y el tiempo, y con él, una amistad hecha del encuentro intelectual, moral y ético. He aprendido mucho de Jorge y aunque coincidimos poco en el aspecto religioso, siempre lo he considerado un buen hombre que une una gran inteligencia a creencias que lo atan, desde mi muy particular punto de vista. Tiene un gran interés en identificar patrones sociales y encontrar sentido a los comportamientos grupales con el motivante impulso de aprovecharlos para mejorar las relaciones y la productividad sustentadas en impulsos internos positivos.

De él aprendí lo que llama la “cultura de servicio”, probablemente la mejor y más honesta forma de motivación empresarial que he conocido y con la que me he sentido comprometido. Un proceso inteligente, estructurado y profundamente ético que beneficia realmente a las personas y a la empresa o institución, haciendo crecer a su personal hasta el nivel de ser capaz en muchos casos, de dejar atrás a sus supervisores o jefes y que al mismo tiempo aporta seriamente elementos para mejorar la eficiencia desde el interés de los empleados por ser mejores.

En nuestro último encuentro, mientras el 2022 da sus pasos finales, platicando sobre el panorama social que presenta nuestro país, me comentaba de su visión del sentido que han tomado los dos grandes centros de decisiones y dirección de la sociedad, el gobierno y sus diferentes estructuras y por otro lado la sociedad particular. Para esta última el valor por excelencia es la eficacia, mientras para el primero lo es la lealtad, sin límites y mientras más ciega, mejor. Por encima del conocimiento y la capacidad, en ambos casos dejando atrás valores como la honestidad y el compromiso con la propia sociedad, aunque de dientes para afuera se presuma otra cosa.

Disentí en cuanto al concepto de lealtad y al final coincidimos en que el gobierno no demanda lealtad, porque en principio la lealtad se otorga y es un valor que ennoblece al que la entrega y al que la recibe. La lealtad es libre y es de ida y vuelta. Lo que el gobierno demanda de sus seguidores es servilismo sin reciprocidad y si no se otorga, se da el ostracismo en el mejor caso, cuando no la condena y el rechazo. Las acciones de arriba no se discuten, no tienen que explicarse y no se exigen recompensas, sino que se otorgan dádivas cuando mucho.

Un servilismo más propio de sectas que de organizaciones políticas, sin importar la razón o rectitud de las acciones del líder. Sus ideas y demandas se sacralizan y quien no las acepta o las discute merece anatema por la herejía de oponerse.

Esto es condenable en una secta y definitivamente debiera evitarse en una sociedad libre como la que pretendemos ser o como la que desearíamos ser. Pero convertirlo en una política de gobierno o aceptarlo como principio social bajo el que se gobierna suena aberrante. Pero la democracia lo hace aceptable porque la simple mayoría numérica de individuos lo valida. ¿Qué es lo que falla? ¿La cultura o incultura tan estratificada y desigual de nuestro pueblo? ¿El concepto de democracia universal en la que no importa el nivel sino solamente el individuo? ¿La falta de contrapesos efectivos en nuestro sistema presidencial? ¿Qué es preferible una dictablanda ilustrada a una democracia general?

Ni concluimos ni encontramos respuesta satisfactoria y queda para el próximo desayuno anual. Y ahí queda el dilema para cada uno de los mexicanos (¿somos una especie pensante todos nosotros?) pero no cabe duda que México merece una respuesta y no caminar todos juntos, los unos y los otros, simplemente como los lemmings del mito suicida.

Reflexiones sobre comentarios y polémicas

Cuando comencé con esta humilde publicación, definitivamente austera pero maravillosamente libre y mía, publiqué en los comentarios encabezados de cada sección o apartado, lo que pretendía en ellos. Se han publicado artículos de quienes me han parecido que aportaban a los temas. La página, en cada uno de ellos acepta comentarios, pero afortunadamente da la posibilidad de poder decidir si los comentarios se publican, se borran o se consideran spam, esas intromisiones molestas de propuestas absurdas, la mayor parte de ventas.

Deliberadamente evité utilizar cualquier facilidad de tantas páginas sociales que aceptan publicaciones y ofrecen foros de intercambio sin costo, para poder ser totalmente libre porque mi radicalismo en algunos momentos puede no ser del agrado de alguien y porque considero que las polémicas deben ser entre pares y personales sin dar lugar a posibles discusiones sobre comentarios absurdos. En este sentido he aceptado publicar el 99.9 de los comentarios que me llegan sobre el tema específico y alguno lo he contestado, pero desde luego he suprimido los de personas o empresas que me han ofrecido que, si bien mi página es interesante, le falta la ayuda profesional para mejorarla y aumentar mis “ventas” en forma exponencial y extender su difusión. O la venta de medicinas y productos poco mencionables que no son sino spam para aprovechar mi poca penetración y difusión. Todo esto lo he borrado y calificado como spam.

Pero he recibido un comentario que no quiero aceptar porque tendría que contestarlo y, como he mencionado, no quiero entrar en polémicas por este medio, polémicas que solo acepto personales y entre pares. Al fin la página es mía y me toca la última decisión.

En mi artículo más reciente “Un intento más”, deliberadamente, como en otros, elimino nombres y lugares que podrían ser identificables, pero solo por los interesados y por mis amigos y trato en lo posible de no ser ofensivo, en medio de mis posturas que acepto radicales y poco convencionales por mencionar cosas que parecen poco políticas. Por eso transcribo un comentario que me llegó, tachando los nombres que eliminé y al remitente a quien no creo conocer. Sin embargo, agradezco su interés en hacer el comentario. León es un referente y por eso lo dejo.

Comentario a “Un intento más”.- “No existía el desconocimiento de venir a trabajar en un Estado diferente a los que ya se había trabajado, las labores en León, son como una fiesta en el que existe un orden y en el que todo marcha sin tanta complejidad, pero XXXXXXXXX, es una comparativa de ir a una guerra a Irak, hay que tener muchas tablas para tomar las riendas, hay que ser honestos para decir si se tomaron buenas decisiones, en lo económico un pésimo sorteo, un gran fracaso y con una inversión considerable y así varias cosas por el estilo.”

Un halago quizá muy amplio para León, pero que triste es comparar un estado mexicano, sea cualquiera, el propio o no, con la guerra en Irak. Muchos de los empleados que tuve la fortuna de conocer, provenientes de administraciones anteriores, subdirectores, jefes de sección, jefes de brigadas, encargados de áreas subalternas, son honestos, trabajadores y comprometidos con la institución. Ávidos de capacitación y de conocer procedimientos mejores, de manejar información relevante y de hacer propuestas que muy pocas veces fueron oídas, tomadas en cuenta o informados de las decisiones reservadas a la élite que había administrado el organismo falto totalmente de una cultura institucional. Y eso requiere de tiempo para crearse.

Critica como un gran fracaso económico el sorteo de un carro y lo califica como una inversión considerable. Creo que los organismos que han adoptado esta estrategia para premiar el buen pago y evitar hacer cancelación de adeudos, es decir, no caer en la postura fácil de premiar con cancelaciones la morosidad, sino incentivar a los usuarios puntuales, nunca lo han abordado como una forma de hacer un negocio económico paralelo al del servicio. En principio como tal, sería una forma absurda de allegarse recursos e ilegal desde el punto de vista de sus objetivos.

¿honestos para decir si se tomaron buenas decisiones? Claro que no se tomaron buenas decisiones, en un Consejo de Gobierno en el que el estado buscó tener mayoría, el municipio se plegó y en las que había una pobre representación ciudadana que, además de poco informada, era presionada hacia una visión deformada de la realidad.

No, definitivamente no tiene lugar una polémica estéril desde su planteamiento. Comentarios así, me tomo la libertad de desecharlos por mediocres e interesados y lo escrito en estas líneas son una adición al reciente artículo.

Y no, no ignoro algunos comentarios, solo ejerzo mi derecho sobre esta publicación.

Bandido se quedó dormido

El doctor le había rasurado la muñeca para dejar accesibles las venas. Picó buscando, pero el ojo de la aguja permaneció seco. Sacó la aguja y buscando cuidadosamente la vena volvió a picar. De inmediato brotó la gota de sangre y rápidamente conectó el delgado tubo de plástico colgado de la bolsa de suero que pasaba entre Irma y yo. Ella lo jaló suavemente para que se recostara en la camilla y el doctor puso a través del acceso que los tubos tienen para pasar medicinas, la primera jeringa del medicamento tranquilizante. De inmediato se relajó y dejó caer la cabeza suavemente. Irma inclinó la cabeza y la pego a la suya mientras sollozaba en silencio. Era sólo el inicio del proceso final.

Sabíamos que este momento tenía que llegar y que una terapia de inmovilidad o reposo forzado podría haberlo retrasado, pero desde el principio eso había sido descartado. Correr con la manada, jugar con la pelota entre los dientes o saltar en su busca, subir las escaleras tras nosotros y brincar a la cama antes de dormir eran su alegría. Sin eso, el sufrimiento sería mayor que el dolor y negárselo por mantenerlo a nuestro lado hubiese sido un acto de apego egoísta. Irma había decidido desde el principio que lo dejaríamos vivir libremente hasta que el sufrimiento evidente hiciera necesario dormirlo.

La espondilosis deformante es una condición degenerativa de la columna vertebral que se caracteriza por la producción de espolones óseos a lo largo de la parte inferior y lateral de las vértebras, principalmente. Estos espolones son neoformaciones óseas comúnmente llamadas “picos de loro”, que se presentan normalmente como respuesta al envejecimiento o a la inestabilidad espinal.

La espondilosis deformante se puede presentar en cualquier lugar de la columna vertebral, pero hay una mayor incidencia de la misma en la columna torácica y lumbar caudal o lumbosacra. Los animales mayores y de razas grandes se encuentran en mayor riesgo de desarrollarla. Inestabilidades en la marcha, como cojeras, lesiones de rodilla o de cadera predisponen a sobrecargas o tensiones espinales que favorecerán su aparición. También puede ser congénita y desarrollarse a edad relativamente temprana.

Solo tenía 7 años cuando la enfermedad se hizo evidente. Los espolones pueden crecer tanto que se unen unos con otros y rigidizan la columna causando fuertes dolores, llegando incluso a romperse ocasionando mayor sufrimiento. Irreversible e incurable. Por lo general el tratamiento es conservador, y dependerá de los síntomas mostrados. Una combinación entre una terapia farmacológica adaptada, de ser necesaria, y un programa rehabilitador acompañado de una nutrición óptima y control del peso pueden mejorar la calidad de vida de los pacientes y retrasan en alguna medida el avance de la espondilosis.

Era todavía un perro muy joven y su instinto de jugar y retozar no era la mejor recomendación de tratamiento, pero encerrarlo sin dejarlo ser hubiera sido terrible para él. Disminuimos solo en lo posible el exceso de su actividad y tuvo algo más de un año de vida casi normal. Evitábamos la competencia abierta con Frijol, su hijo ya adulto y en plena forma, pero corría y jugaba alegremente. Limitaba las carreras a 30 o 40 metros y a 4 o 5 seguidas, pero después de no más de 2 horas metía su hocico con su pelota mordida bajo mi brazo y me sacaba del escritorio para ir a otra tanda de juego.

Le gustaba que le arrojara la pelota hacia arriba para saltar y capturarla, para lo que era muy hábil. Les tomaba algunas fotos y como era lógico, Irma me pedía que no lo hiciera mucho para no lastimarlo.

Los tres últimos años han sido mis compañeros más constantes. Era un hermoso perro, era un buen perro, un excelente compañero, algo tímido pero rápido y bravo cuando sonidos desconocidos llegaban a las puertas. En las noches, cuando decía -Arriba- era el primero en llegar a la puerta de la recámara para prepararnos a dormir.

Estaba de pie acariciándole el costado, mientras Irma, sobre su cabeza le hablaba tiernamente. El doctor puso dos jeringas más y sus latidos se fueron perdiendo hasta que el doctor solo los percibía con el estetoscopio. Nos dijo que probablemente todavía nos oyera si le hablábamos.

Irma me cedió su lugar y me senté junto a su cabeza, acariciándolo y cerrando sus ojos. Cuando venía a que lo acariciara, le ponía las palmas tapando sus ojos y acariciando con los dedos bajo sus orejas. Aparentemente le gustaba porque se quedaba quieto un buen rato, antes de salir corriendo nuevamente.

No se en que momento se fue definitivamente. Solo oía los suaves sollozos de Irma. Bandido ya no estaba con nosotros. O quizá estaba y estará por siempre entre nosotros mientras nuestro recuerdo lo traiga.

Llegaron a buscarlo para llevarlo a cremar. Nos traerán sus cenizas y en su pequeña urna se unirá a quienes lo precedieron y que nos siguen en el silencio. No hay un Bandido entre nosotros en este momento. Se quedó dormido.

Reflexiones de Dune

Sobre un texto de Frank Herbert

La religión como una verdadera emulación de los adultos del comportamiento de los niños, enquista las mitologías pasadas: suposiciones, ocultas hipótesis de confianza en el universo, pronunciamientos hechos en busca de poder personal, todo ello mezclado con jirones de ilustración. Y siempre un mandamiento no formulado: ¡No harás preguntas! Aunque rompamos diariamente este mandamiento. Su función es el enjaezamiento de la imaginación humana a nuestra más profunda creatividad.

La lección más dura de aprender para un rebelde es que siempre tiene que ir hasta el límite. Tu mente y tu conciencia te llevarán más lejos de lo que imaginas. No imagines, pues. ¡Extiéndete!

¿Cuál es la respuesta de la educación formal? ¿Que fuimos enseñados con mentiras a engañar?

Sacar a la superficie los esquemas de la infancia y la educación formal. Aprendemos a engañar cuando niños. Estimular una necesidad y atraer la atención. Luego los esquemas se ampliaban. Cuanto más mayor se hace uno, más fácil era el engaño. Hemos aprendido que la gente grande es exigente. Regurgitamos bajo demanda. Eso era lo que llamaban «educación».

Para rebelarte no te pido que seas honesto conmigo. Sé honesto contigo mismo.

Es desesperante desenterrar alguna vez todos los engaños del pasado. ¿Por qué deberíamos? ¡Más engaños!

—Las burocracias educacionales embotan la sensibilidad indagadora de los niños. —¿Por qué? —. Los jóvenes deben ser desalentados. Nunca les dejes saber el bien que pueden hacer. Eso trae consigo el cambio. Gastan montones de tiempo hablando acerca de cómo tratar a los estudiantes excepcionales. No pierdas ningún tiempo tratando de explicar cómo el maestro convencional se siente amenazado por los talentos en ciernes y los aplasta debido a un deseo profundamente arraigado de sentirse superior y seguro en un entorno seguro.

¿Maestros convencionales?

Tras la fachada de sabiduría, los maestros deben ser no convencionales. A menudo no pensar en la enseñanza; simplemente actuar.

El pensamiento impresiona. Sinceridad y honestidad. Todos los alumnos deben oír eso.

—Herramientas básicas de aprendizaje — Estoy siendo tan sincero contigo que tengo que hablarte de mi constante honestidad. Y las acciones tienen que confirmar la afirmación.

¡Pero tengo talento! ¿Se requiere talento para llegar a ser rebelde?

¿Tengo que seguir pensando en mí mismo como un rebelde? ¿Qué habilidades debo poseer? No las habilidades del engaño.

—¿Concuerdan las acciones con las palabras? Esa es la medida de vuestra integridad. Nunca os confinéis a las palabras.

—¿Cómo separar la verdad y la sinceridad de un juicio más fundamental?

—Si te convences a ti mismo sinceramente, puedes decir auténticos disparates (maravillosa y antigua palabra: paladéala), absolutas necedades en cada palabra, y ser creído. Pero no eso nunca será la Verdad.

—Contempla las consecuencias. Así es como averiguas las cosas que funcionan. Eso es lo que son las verdades por todas partes.

¿Pragmatismo?

—Intenta evitar el complicar las cosas — Sinceridad y honestidad.

¿Qué decisiones has estado tomando?

La educación formal te deja prácticamente incapaz de tomar decisiones.

—¿Es eso cierto? —

—Típico de las sociedades hambrientas de poder. Enseñan a la gente a retirarse siempre. «¡Las decisiones traen malos resultados!». Enseñan a evitarlas.

Los peores productos de lo descrito es producir personas que son casi como niños de pecho… no pueden tomar decisiones acerca de nada, o las dejan hasta el último segundo posible y luego saltan a ellas como animales desesperados.

—¡Es necesario llegar hasta el límite! —Tus límites. No los míos. No los de cualquier otro. Los tuyos.

Y entonces las palabras que no han tenido ningún significado hasta este momento, lo tendrán.

—Estoy ante la sagrada presencia humana. Del mismo modo que ahora, así estaré cada día. Deseo ante tu presencia que así sea. Permitamos que el futuro permanezca incierto porque es la tela donde recibir nuestros deseos. Así se enfrenta la condición humana a su perpetua tabula rasa. No poseemos más que este momento en el que nos dedicamos constantemente a la presencia que compartimos y creamos.

Convencional, pero no convencional. Probablemente no hemos estado preparados ni física ni emocionalmente para ese momento. Sigamos hasta sobrepasar nuestro límite.

Me está doliendo una pena

Se ha terminado el llamado mes de la patria, los aniversarios del inicio de una guerra por la independencia y de su consumación tras once años de luchas, con el surgimiento y muerte de muchos de nuestros más mentados héroes, unos reales, otros inventados y muchos desconocidos, que probablemente lucharon por un ansia de libertad sin tener claros sus objetivos ni sus consecuencias. Dos siglos de un México todavía en creación y muchas veces al borde del colapso.

Una patria que nos enseñan a amar desde pequeños, sin enseñarnos lo que es y lo que debiera ser. Enseñanzas que hacen a unos patrioteros de fiestas y borlotes y a muchos indiferentes de su significado.

Algunos aprendemos a amar el concepto y nos identificamos con los ideales propios de la inocencia que no logran romper los desengaños diarios. Seguimos creyendo en los héroes sin conocer a fondo sus pies de barro. Odiamos a nuestros villanos nacionales que tuvieron también sus méritos.

Y cuando maduramos, cuando logramos entenderlos más que como héroes y villanos, como hombres que vivieron su momento y que para bien o mal, tomaron decisiones que de una forma u otra construyeron lo que hoy es nuestro presente, seguimos por costumbre celebrando a unos y olvidando a otros.

No se ustedes, pero a mi me duele nuestra patria. Me duele que no sepamos hacer de ella un legítimo motivo de orgullo que podamos mostrar a nuestros hijos, a nuestros nietos y a los que vengan después. Me duele nuestra gente sin futuro cierto, sin servicios, sin salud, sin educación y sin esperanzas, que crean que con solo poder cruzar una frontera podrán vivir mejor. Me duele no haber sabido como hacerla mejor y lo que supe, no haber podido hacerlo a plenitud. Si creyera que no se pudo haber hecho más, quizá me resignara, pero se que pudimos haber hecho más, mucho más, pero todo se perdió en ambiciones, depredación y ansias de poder.

Y eso genera una pena y un dolor que no se debe callar, aunque nadie nos oiga, aunque a nadie le importe. Aunque pueda generar burlas o ser tomado a loco, creo que deberíamos sentir esa pena y ayudar a quienes puedan hacer algo todavía.

Patxi Andión cantó:

“Y en mi guitarra quisiera
dejar la pena llorar
romper la monotonía
de este pueblo en carnaval
de este pueblo que me duele
cada día más y más
Y que es una inmensa pena
que me tengo que callar.”

Es una canción que, con su bronca voz, expresa verdaderamente el dolor de una pena que no se debe callar.

Solo espero que a alguien le ayude a reflexionar. Para quienes quieran conocerla, les comparto la letra completa:

“ME ESTÁ DOLIENDO UNA PENA

 Me está doliendo una pena
Y no la puedo parar
y se revuelve en silencio
tumba abierta en soledad
y quiero hacerla cometa
para poderla volar .

Me está ganando esta pena
y no la quiero ceder
y busca por ser palabra
y es por hacerse entender
en brazos de mi guitarra
y la tengo que esconder.

Y en mi guitarra quisiera
dejar la pena llorar
hacerla surco en el tiempo
hacerla tiempo en el mar
hacer con la mar un viento
que se la pueda llevar.

Me esta doliendo esta pena
acuñada en el portal
de este vacío sonoro
que no sabe adonde va
de este vacío que lloro
por quererlo remediar.

Y en mi guitarra quisiera
dejar la pena llorar
romper la monotonía
de este pueblo en carnaval
de este pueblo que me duele
cada día más y más
Y que es una inmensa pena
que me tengo que callar.

Me esta doliendo una pena
Y me tengo que callar.

Patxi Andión

El sendero del Zen

En junio escribí una reflexión sobre “creer o no creer” en esta página web y recibí comentarios de dos amigos, uno deseaba que pudiera aclarar mi dilema existencial y el otro comprendía que “la creencia no se puede forzar, cuando hay evidencias y valores en otro sentido”. A ambos les agradezco los comentarios y la empatía que se trasluce en ellos. Otros sin haberlos escrito hicieron lo mismo transmitiendo que entienden el dolor que compartí.

Hoy quiero compartir un poco el fondo de mi religión sin creencia, porque en el fondo soy una persona con un fuerte sentimiento místico que requiere de la espiritualidad como complemento de mi ser. Si viví una época de lo que podría llamarse un dilema existencial, pero el seguir siempre el camino con corazón me llevó en mi búsqueda a tropezar con el zen. Me convertí en un budista autodidacta sin hacer profesión de fe, ni visitar templos y sin tener maestros. Soy un humilde practicante en gran parte autodidacta del zen. Entre los libros que he leído encontré este fragmento de Osho en su libro que podría ser una síntesis de lo que acepto y forma parte de mi camino con corazón. Quisiera haber encontrado algo semejante escrito por el Dalai Lama, quien es profundamente más suave y tierno al exponerlo, mientras Osho suena más radical. Espero que este fragmento no inquiete o pueda ofender a mis amigos que son creyentes.

“El zen no es una teología, es una religión. Una religión sin teología es un fenómeno único. Todas las demás religiones existen alrededor del concepto de Dios. Cuentan con teología. Están centradas en Dios o en el ser humano; pero el ser humano no es el fin, ni tampoco Dios.

Tampoco lo son para el zen. Para el zen, el hombre es el objetivo, el hombre es el fin en sí mismo. Dios no es algo que esté por encima de la humanidad, sino que Dios es algo oculto en la humanidad. El ser humano lleva a Dios en sí mismo como potencial.

Por eso en el zen no existe concepto de Dios. Si lo prefieres, puedes decir que ni siquiera es una religión, porque ¿cómo puede haber alguna religión carente del concepto de Dios? Por eso, quienes han sido educados como cristianos, musulmanes, hinduistas o judíos no pueden concebir qué clase de religión es el zen. Si no hay Dios entonces es un ateísmo… pero no lo es. Es teísta hasta la médula, pero sin un Dios. Eso es lo primero que hay que comprender. Deja que vaya penetrando en tu interior, y las cosas se irán aclarando.

El zen dice que Dios no es extrínseco a la religión, es intrínseco. No está allí, sino aquí. De hecho, para el zen no hay “allí”, sino que todo es aquí. Dios no es entonces, sino ahora… y no hay otro tiempo. No hay otro espacio, ni otro tiempo. Este momento lo es todo. En este momento converge toda la existencia, todo está disponible. Si no puedes verlo, eso no significa que no sea así, simplemente quiere decir que careces de la visión para verlo. A Dios no hay que buscarlo, sólo tienes que abrir los ojos. Dios ya es.

La oración es irrelevante en el zen. ¿A quién rezar? No hay ningún Dios sentado en algún sitio en los cielos y controlando la vida y la existencia. No hay controlador alguno. La vida se mueve en una armonía, por sí misma. No hay nadie fuera de ella que le de órdenes. Cuando existe una autoridad externa se crea una especie de esclavitud. Un cristiano se convierte en esclavo, y lo mismo sucede con los musulmanes. Cuando Dios está por ahí dando órdenes, como mucho puedes llegar a ser un servidor o un esclavo. Pierdes toda dignidad.

No es ese el caso con el zen. El zen te proporciona una tremenda dignidad. No hay ninguna autoridad en ninguna parte. La libertad es completa y fundamental.

Si Friedrich Nietzsche hubiera sabido algo sobre el zen podría haberse convertido en místico en lugar de volverse loco. Dio con un importante hecho. Dijo: “Dios no existe. Dios ha muerto… y el hombre es libre”. Tropezó con una gran verdad.

Fue a dar con la dignidad de la libertad, pero fue demasiado. Fue demasiado para su mente. Se volvió loco, se salió de sus casillas. Si hubiera sabido algo de zen podría haberse convertido en un místico, no había necesidad de enloquecer.

Uno puede ser religioso sin un Dios. De hecho, ¿cómo se puede ser religioso con un Dios? Esa es la pregunta que hace el zen, una pregunta muy inquietante. ¿Cómo puede un ser humano ser religioso teniendo un Dios? Porque Dios destruirá tu libertad, te dominará. Puedes buscar en el Antiguo Testamento. Ahí Dios dice: “Soy un dios muy celoso, y no puedo tolerar ningún otro dios. Quienes no estén conmigo están contra mí. Y soy un dios muy violento y cruel, y os castigaré, y seréis arrojados a las llamas eternas del infierno”. ¿Cómo puede nadie ser religioso con un dios así? ¿Cómo puedes llegar a ser libre y a florecer?

Sin libertad no hay florecimiento que valga. ¿Cómo puedes alcanzar tu manifestación óptima cuando hay un dios que te confina, condena, forzándote a hacer las cosas de esta o aquella manera, manipulándote?

El zen dice que, con Dios, el ser humano es un esclavo; con Dios, el ser humano seguirá siendo un adorador; con Dios el ser humano tendrá miedo. ¿Cómo puedes florecer si tienes miedo? Te encogerá, te secarás, empezarás a fenecer. El zen dice que cuando no hay Dios existe una libertad tremenda, que no hay ninguna autoridad en la existencia. De ahí surge una gran responsabilidad. Mira… si estás dominado por alguien no te puedes sentir responsable. La autoridad crea irresponsabilidad; la autoridad provoca resistencia; la autoridad crea reacción en tu interior, rebelión… querrás matar a Dios.

Eso es lo que Nietzsche quería decir cuando afirmó que Dios ha muerto; no es que Dios se haya suicidado; sino que ha sido asesinado. Debía serlo. Con él no era posible la libertad; sólo sin él. Pero entonces el propio Nietzsche se asustó. Para vivir sin Dios se necesita mucho coraje, mucha meditación, mucha consciencia… y eso no estaba presente en él. Por eso digo que dio con el hecho, que tropezó con él, no que lo descubriese. Iba palpando la oscuridad.

Para el zen es un descubrimiento. Es una verdad establecida: no hay Dios. El ser humano es responsable de sí mismo y del mundo en el que vive. Si existe sufrimiento, entonces eres responsable; no hay nadie más a quien acudir. No puedes sacudirte tu responsabilidad. Si el mundo es horrible y existe el dolor, entonces nosotros somos los responsables, no hay nadie más. Si no crecemos no podemos echar la responsabilidad sobre hombros ajenos. Debemos hacernos responsables.

Cuando no hay Dios te ves remitido a ti mismo.”

Victoria

Es curioso como vienen a nuestra mente los recuerdos y como se aviva la conciencia del origen de nuestras convicciones y opiniones. Uso mucho la biblioteca de libros digitales de Amazon y por ello me llegan a veces promociones de libros que usualmente no son de los que leo. Entre ellos, libros de autores de habla hispana de autores contemporáneos que, aunque no están entre mis preferidos, a veces me llaman la atención. Uno de ellos, de Federico Navarrete, historiador y escritor me llamó la atención. México racista, un título poco común que coincide con mi convencimiento y mis experiencias sobre que nuestra gente es, en el fondo, profundamente racista, aunque no seamos consientes de la forma en que lo manifestamos. Esto se da en unas regiones más que en otras y curiosamente en una de las zonas en que más debían de estar orgullosos de nuestra sangre indígena como en Yucatán, el racismo es más acentuado que en otras partes.

El por qué soy tan consiente de esta situación viene de mi infancia y de la relación que me ligó de varias formas a los indígenas, originarios de ese estado. hoy viene a mi memoria una de esas formas de liga y trae un rincón de mis más caros sentimientos.

Por razones que ignoro, guardo recuerdos muy vívidos que son como retazos de películas, de una edad muy temprana, incluso de cuando todavía no hablaba. Recuerdo caras y situaciones que mi madre y mis tíos me decían que no podría recordar, pero que al exponerlos como los recordaba, eran confirmados por ellos.

Uno de estos recuerdos es el de entrar a una cocina ajena, llevado por un niño mayor que yo, a robar chocolate en tablillas que escondíamos para comernos a pesar del sabor amargo del chocolate molido sin azúcar. Entrábamos por una barda simple de piedra, una albarrada, derribada, saltando entre las piedras. Hasta ahí mi recuerdo. Siendo un adolecente contaba este recuerdo a Victoria, quien se atacaba de risa diciendo que yo apenas caminaba y comentaba sobre las quejas de la vecina y del castigo que le habían impuesto a Gaudencio, mayor que yo quien, según ella, era arrastrado como cómplice en las travesuras de su hijo.

Recuerdo a Gaudencio, muy moreno, risueño, con pantalones cortos y que siempre me animaba a seguirlo a todas partes. Gaudencio era hijo de Victoria, una mujer indígena que vestía siempre el tradicional hipil, con el pelo hecho un chongo y su rebozo siempre pronto, cruzado sobre su pecho. Victoria es parte de mis recuerdos más tempranos y siempre fue parte de vida desde antes de entender las relaciones intrafamiliares.

Según mi madre, Victoria entró a trabajar a la casa como sirvienta cuando yo era recién nacido, para que la ayudara en todo porque mi padre quería que ella solo se dedicara a cuidarme. En esa etapa aparentemente mi madre vivía sola y Victoria recién había enviudado y vivía en la casa con su hijo más pequeño Gaudencio, aunque tenía tres hijos más que se habían quedado en el pueblo del que eran originarios.

Mis siguientes recuerdos ya más consientes y estructurados son de una época posterior, cuando tendría 5 o 6 años, mi padre no estaba y vivíamos con mis abuelas, mi abuela materna y mi bisabuela, su madre; eran mi chichí Casilda y mi chichí Lina. Victoria y Gaudencio también vivían con nosotros.

Mi familia era de clase media baja. Sin embargo, como lo recuerdo, era más o menos normal, que las familias tuvieran personas de origen indígena en sus casas para el trabajo doméstico, provenientes de los poblados cercanos del interior del estado. Y desde esa época vienen mis primeros recuerdos de las manifestaciones racistas. Eran las sirvientas.

La casa en la que vivíamos era realmente pequeña. Tres cuartos como de 5×5 m. Sala, recámara y comedor, una minúscula cocina y un baño de madera. Una zona de patio y detrás, un cobertizo de madera y techo de lámina para guardar la ropa de lavado y que era el cuarto donde dormían Victoria y Gaudencio.

En la sala, se movían los muebles y se tendían las hamacas para mi y mi madre y en la recámara dormían mis abuelas y si había alguien más, se movía la mesa del comedor y se tendía otra hamaca. Pero la escala social era observada rigurosamente. Victoria y Gaudencio nunca se sentaban a la mesa con la familia. Ellos comían, ¿dónde comían? no se, no creo que en la cocina por lo pequeña que era, pero eso si era seguro, nunca recuerdo haberlos visto comer en la mesa con nosotros. ¿Con nosotros? Como ven las expresiones, sin querer, claramente establecen ya una diferencia.

Recuerdo con dolor la forma como mi chichí Casilda hablaba y regañaba a Gaudencio, mugroso muchacho que no sabía obedecer y comportarse. Lo recuerdo con dolor porque yo no podía entender la diferencia entre Gaudencio y Victoria con “nosotros”.

Los recuerdos se hacen borrosos. Un tiempo Vic y Gaudencio desaparecen, unos tíos y sus hijos muy pequeños viven con nosotros lo que suma más malos recuerdos pero mi madre y yo nos cambiamos a una casa contigua solos y Victoria vuelve a aparecer con nosotros. Gaudencio ya no está. Y a partir de eso, Victoria vive en la casa y es para mi una combinación de nana, abuela y madre sustituta. Sus hijas vienen a visitarla y los domingos ella sale a verlas. Gaudencio de repente aparece, nos abrazamos, me cuenta sus aventuras, es chofer de un camión en el que empezó a trabajar como cargador, siempre me llama hermanito.

Cuando tenía como 13 o 14 años hago un viaje a México con mis tíos. Es una de las pocas veces que veo a mi padre y me da dinero para comprar un rebozo para Victoria. Quería llevarle algo de recuerdo. Se me vuelve una bronca. ¡Traerle algo a la criada y no acordarme de mi abuela!

Victoria cocina, cuando llego de la escuela me sirve la comida y se para a mi lado junto a la mesa. Mi comida es revisada, no me gustan los nervios de la carne ni los pellejos de tomate y cebolla. Soy un niño consentido. Está junto a mi para darme las tortillas calientes y sacarme el agua o la leche del refrigerador, que está a solo dos pasos. Nunca se sienta a la mesa conmigo o mi madre. El tiempo pasa y Victoria está siempre ahí. Alcahuetea mis primeras borracheras a pesar de los regaños de mi madre que está, pero no está. Cuando me caso y dejo la casa, ella deja a mi madre y se va a vivir con sus hijos.

Un día, ya viviendo en Querétaro, voy a verla y la secuestro para traérmela. Vive un tiempo con mi mujer y conmigo, ayudándola con mi hija recién nacida. Es la primera vez que viene a vivir fuera de su tierra y aunque quiero que se quede, entiendo que se siente sola estando yo fuera en el trabajo y sin conocer gente y la ciudad para moverse libremente. Y a pesar de que los dos lo sentimos, regresa con sus hijos.

Hago viajes frecuentes a Mérida, pero muy cortos, uno o dos días. En uno de ellos mi madre me dice que Victoria ha muerto en su pueblo. No se donde es. Busco a sus hijas y no las encuentro, ya no viven donde yo sabía.

En otro viaje, visito a mi tía Dora que había vivido en una casa junto a la nuestra y conocía bien a Victoria y ella me cuenta que Victoria no había muerto, que había sido una mentira de mi madre para que ya no la buscara. Uno de mis primos me acompaña para ir al pueblo y encontramos la casa de su hijo. Al llegar sale María, una de sus hijas que me abraza y me dice que su mamá ya está muy viejita, que ya no reconoce casi a nadie, que no va a reconocerme.

Entro a verla. Está sentada en su hamaca, con su hipil blanco, su pelo blanco completamente como una cascada que una de sus nietas está peinando, su piel morena cruzada de arrugas. Me mira, me reconoce y diciendo mi nombre suelta el llanto. Solo pude arrodillarme y en su regazo llorar con ella. María le pregunta si me conoce y ella contesta – ¡Cómo no voy a conocerlo si es ni niño! –

Recuerda entre sollozos que mi madre me pegaba y ella no se podía atrever a defenderme de ¡esa mujer!

Cuando le reclamé a mi madre haberme dicho que Victoria había muerto, solo se encogió de hombros y exclamó – ¡Todo por esa india! -Y la palabra india tenía un tono cruel de insulto.

Escribo y termino con un nudo en la garganta. Todo son solo recuerdos que se niegan a desaparecer.