Atraso y desigualdad de género

por Emiliano Rodríguez Briceño
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Por Oscar Pimentel

La desigualdad de género y la discriminación que se ejerce contra las mujeres es uno de los factores determinantes del atraso económico y social de México. Es una lacra que no se ha podido superar en la historia del país y que hoy, más que nunca, enfrentarla con determinación es una condición insoslayable de una verdadera transformación.

No obstante que la economía nacional ocupa un lugar destacado en el mundo por su tamaño, el 16 según el Fondo Monetario Internacional, la verdad es que nuestro crecimiento económico ha sido bastante mediocre durante las últimas décadas, a una tasa estimada de poco más del 2.0% anual entre 1980 y 2018. Con las desatinadas políticas del Gobierno federal y la pandemia se produjo una caída del PIB de -0.1% en 2019 y de -8.5% en 2020.

Lo anterior se refleja en los ingresos de las familias que se ubican por debajo del promedio de todos los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Ocde) y en el mayor empobrecimiento de la población durante los dos últimos años, hasta englobar en 2020, a más de 102 millones de habitantes (81.4% de la población) en condiciones de pobreza y de pobreza extrema.

Estas condiciones se agravan por las pautas de concentración del ingreso y de la riqueza en un pequeño estrato de la población, que hacen de nuestro país una de las sociedades en el mundo con mayor grado de desigualdad.

Lo más lamentable, en este contexto, es que la desigualdad de género y la discriminación hacia las mujeres es un factor que contribuye a profundizar el atraso y, en una dialéctica perversa, se reafirma como una de las principales disfuncionalidades de nuestro desarrollo.

De acuerdo al último censo de población del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) la población total de México en 2020 fue de 126 millones de habitantes, de los cuales 64.5 millones son mujeres (51.2%) y 61.5 millones son hombres (48.8%).

Según los datos de la Organización de las Naciones Unidas, las mujeres en nuestro país tienen una menor participación en el mercado laboral con 45% frente al 77% de los hombres, una diferencia del 32%, lo cual deprime el potencial de crecimiento. Si las mujeres participaran en la misma proporción que los hombres, el ingreso per cápita podría crecer hasta 22% y la tasa de crecimiento del PIB podría llegar a 4.0% anual. Y a esta situación debe agregarse que México registra una brecha salarial entre mujeres y hombres del 18.8%, de las más altas de los países de la Ocde cuyo promedio es del 13.0 por ciento.

En este fenómeno de desigualdad de género juegan un papel muy importante las viejas ideas, los estereotipos, sobre el rol que deben desempeñar las mujeres en una relación de subordinación a la voluntad de los hombres. Las mujeres dedican más de las tres cuartas partes de su tiempo a trabajo no remunerado en los hogares; son más las mujeres en condición de pobreza, servicios precarios de salud, analfabetismo y rezago educativo; y una cantidad muy importante de mujeres sufre situaciones de discriminación, acoso y violencia de todo tipo, que las instituciones de seguridad y de justicia no están preparadas para atender.

Tarde que temprano, con la fuerza activa y reivindicadora de las mujeres y el respaldo mayoritario de la sociedad mexicana, se habrá de concretar una agenda nacional que nos comprometa a enfrentar este rezago que frena nuestro desarrollo. Esta es la verdadera transformación en marcha.

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