RESUMEN EJECUTIVO 2/5

por Emiliano Rodríguez Briceño
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Resumen ejecutivo 2/5

Reducción del riesgo de catástrofe

Los efectos actuales y el pronóstico de riesgos futuros asociados a los fenómenos extremos requieren soluciones sostenibles para la adaptación al cambio climático y la reducción del riesgo de catástrofe.

El abanico de estrategias disponibles de adaptación al cambio climático y de reducción del riesgo de catástrofe contiene enfoques duros (estructurales) y blandos (instrumentos de políticas). Las medidas duras incluyen mejorar el almacenamiento de agua, infraestructura a prueba de clima y mejorar la resiliencia de los cultivos introduciendo variedades resistentes a las inundaciones y a la sequía. Las medidas blandas incluyen seguros frente a las inundaciones y la sequía, sistemas de pronóstico y de alerta temprana, planificar el uso de la tierra y la capacitación (educación y concienciación).

Las medidas duras y blandas suelen ir parejas. Por ejemplo, la planificación urbana puede contribuir a mejorar la resiliencia a las inundaciones al incluir sistemas de drenaje que creen espacios en los que se puedan recoger y almacenar las aguas de las inundaciones. Por tanto, la ciudad actúa como una “esponja”, limitando la subida de los niveles del agua y liberando el agua de lluvia como un recurso.

Los métodos modernos de comunicación, como las redes sociales y los servicios de telefonía móvil, brindan importantes oportunidades para ayudar a mejorar la eficacia de la comunicación y de la alerta temprana. Los sistemas de monitorización de las inundaciones y las sequías también son un componente importante de la reducción del riesgo. Abrir el proceso de toma de decisiones a la participación de los géneros y la comunidad es un elemento fundamental de las estrategias de reducción del riesgo. Es necesario mejorar la coordinación entre los organismos responsables de los recursos hídricos y de la gestión del riesgo de desastre, sobre todo en las cuencas transfronterizas, donde en casi todas partes del mundo siguen estando fragmentadas.

Salud humana

Las consecuencias que el cambio climático puede acarrear sobre la salud humana por medio del agua son, en primer lugar, las enfermedades transmitidas por vectores o a través de los alimentos y el agua, muertes y lesiones debidas a eventos climáticos extremos, como las inundaciones de las costas o de las tierras de interior, así como la desnutrición como resultado de la escasez de alimentos originada por las sequías y las inundaciones. Los problemas de salud mental asociados a la enfermedad, las lesiones, las pérdidas económicas y el desplazamiento también pueden ser importantes, aunque resulten difíciles de cuantificar.

Al final del período de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (2000–2015), el 91% de la población mundial utilizaba fuentes de agua potable mejorada y el 68% contaba con instalaciones de saneamiento mejoradas. Todavía queda mucho para alcanzar los nuevos niveles mejorados de suministro de agua y de servicios sanitarios gestionados de forma segura que se recogen en los ODS para los 2.200 millones y 4.200 millones de personas, respectivamente, que carecen de estos servicios de nivel superior.

Es probable que el cambio climático ralentice o mine el progreso del acceso al agua y al saneamiento gestionados de forma segura y genere un uso ineficaz de los recursos si el diseño y la gestión de los sistemas no son resilientes al clima. Por ende, el cambio climático ralentizará o minará el progreso en la eliminación y el control de las enfermedades relacionadas al agua y al saneamiento.

Alimentos y agricultura

Los retos específicos de la gestión agrícola son dobles. El primero, es la necesidad de adaptar las formas de producción existentes para hacer frente a la mayor incidencia de la escasez o del exceso de agua (protección frente a inundaciones y drenaje). El segundo, es “descarbonizar” la agricultura por medio de medidas de mitigación que reduzcan las emisiones de los gases de efecto invernadero y mejoren la disponibilidad de agua.

El alcance de la adaptación de la agricultura de secano estará condicionado en gran medida por la capacidad que presenten las variedades cultivadas de soportar los cambios de temperatura y gestionar los déficits de agua en el suelo. Con el regadío se pueden volver a planificar e intensificar los calendarios de cultivo, por lo que se convierte en un mecanismo de adaptación fundamental para las tierras que antes dependían exclusivamente de las precipitaciones.

En términos de toneladas equivalentes de CO2, la mayor contribución a las emisiones de gases de efecto invernadero de la agricultura proviene del metano que libera el ganado por medio de la fermentación entérica y del estiércol depositado en los pastizales. Para la silvicultura forestal, la mayor oportunidad de mitigación consiste en reducir las emisiones debidas a la deforestación y la degradación de los bosques.

La agricultura cuenta con dos grandes vías para reducir los gases de efecto invernadero: secuestrar el carbono con la acumulación de materia orgánica por encima y por debajo del suelo y reducir las emisiones mediante la gestión de las tierras y el agua, lo cual incluye incorporar energías renovables, como el bombeo solar.

La agricultura climáticamente inteligente (CSA) es un conjunto de enfoques bien documentados de gestión de la tierra y el agua, conservación del suelo y práctica agronómica que sirven para secuestrar el carbono y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. Las prácticas de la CSA ayudan a mantener la estructura del terreno, la materia orgánica y la humedad en condiciones de mayor sequía e incluyen técnicas agronómicas (como el regadío y el drenaje) que ajustan o extienden los calendarios de cultivo para adaptarse a los cambios climáticos estacionales o interanuales.

Energía e industria

Los efectos hídricos del cambio climático suponen un riesgo para las empresas y para la generación de electricidad. La escasez de agua puede provocar un parón en la industria o en la generación de energía. Las consecuencias pueden extenderse también a los aspectos operativos y afectar al aprovisionamiento de materias primas, cortar las cadenas de suministro y causar daños a instalaciones y equipo.

Las iniciativas sobre el cambio climático se centran en gran medida en la energía, ya que aproximadamente dos tercios de los gases de efecto invernadero antropogénicos se deben a la producción y al uso de energía. Existen una serie de posibilidades para reducir los gases de efecto invernadero y el consumo de agua al mismo tiempo. Reducir la demanda de energía y aumentar la eficiencia energética son los puntos de partida. Una dirección prometedora es el creciente uso de tecnología para la producción de energía renovable con baja emisión de carbono y que precisa poca agua, como la energía solar fotovoltaica (PV) y la eólica, cuyos precios están empezando a competir cada vez más con los de la generación de energía a partir de combustibles fósiles. Si bien la energía hidráulica seguirá desempeñando un papel fundamental en la lucha contra el cambio climático y la adaptación del sector energético, la sostenibilidad general de los proyectos individuales deberá evaluarse teniendo en cuenta el consumo potencial de agua a través de la evaporación, así como las emisiones de gases de efecto invernadero de los embalses, por no hablar del impacto ecológico y socio-económico.

Para las empresas la escasez de agua es un acicate para reciclarla y mejorar su eficiencia. De acuerdo con la tecnología, una planta industrial puede revisar sus operaciones diarias, como el uso del agua de lavado, o monitorizar y detectar mejor las pérdidas. Trasladándolo a una escala mayor, una empresa podría evaluar su huella hídrica e incluir la de sus proveedores, lo cual podría tener efectos de gran alcance, si son grandes consumidores de agua.

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