Ciudadanía, servicios públicos e infraestructura

La corresponsabilidad que México ha postergado0

Uno de los rasgos más persistentes de la vida pública en México es la expectativa de que el gobierno sea el único responsable de resolver los problemas colectivos. Esta visión se refleja con particular crudeza en los servicios públicos y en la infraestructura: cuando fallan, se exige su corrección; cuando se anuncian nuevas obras, se discute su monto o su impacto inmediato, pero rara vez se cuestiona la calidad de su concepción técnica, su sustento de largo plazo o la responsabilidad social en su origen.

En la práctica, esta cultura de delegación ha producido un sistema estructuralmente débil. Los servicios públicos dependen de infraestructuras que deberían ser el resultado de procesos técnicos rigurosos, sostenidos y socializados. Sin embargo, en México se ha normalizado la ejecución de obras sin proyectos ejecutivos completos, sin estudios suficientes y sin procesos serios de maduración. No se trata de excepciones: es un patrón.

Este problema no puede explicarse únicamente por la inercia gubernamental. La situación política y electoral impone horizontes cortos que son incompatibles con la naturaleza real de la infraestructura, pero la sociedad organizada tampoco ha asumido el papel que le correspondería en la construcción de soluciones de largo plazo. Un proyecto público bien concebido requiere años de análisis, validación técnica y socialización. Esperar que ese proceso ocurra exclusivamente dentro de administraciones de tres o seis años es, en el mejor de los casos, ingenuo.

Más preocupante aún es que amplios sectores de la sociedad organizada —cámaras, colegios, asociaciones técnicas y gremios— han limitado su relación con la obra pública a una lógica reactiva y transaccional: aguardar a que el gobierno anuncie proyectos para entonces participar como proveedores, contratistas o consultores. Son escasos los casos en los que estos actores asumen una responsabilidad previa, autónoma y sostenida en la gestación técnica de los proyectos, aun cuando cuentan con el conocimiento, la continuidad institucional y los recursos humanos para hacerlo.

Esta actitud no es neutral. Al renunciar a impulsar proyectos maduros y bien fundamentados, la sociedad organizada contribuye, por omisión, a la improvisación que después critica. Se exige planeación, pero no se invierte tiempo ni capital técnico en construirla. Se reclama eficiencia, pero se espera a que el gobierno haga el trabajo complejo para luego competir por su ejecución. Esta contradicción debilita tanto al Estado como al propio tejido profesional y técnico del país.

Frente a esta realidad, es necesario replantear de manera más exigente el concepto de corresponsabilidad ciudadana. Si se acepta que los ciclos políticos impiden la maduración adecuada de los proyectos, entonces la ciudadanía organizada debe asumir explícitamente el papel de garante del tiempo largo. Cámaras empresariales, colegios de profesionistas, universidades y asociaciones especializadas no pueden limitarse a ser observadores críticos o beneficiarios potenciales; deben convertirse en impulsores activos de proyectos técnicamente sólidos, elaborados con anticipación, discutidos públicamente y ofrecidos a los gobiernos para su ejecución.

Este modelo no desplaza al Estado ni privatiza la decisión pública. Por el contrario, eleva el estándar de la acción gubernamental y reduce la discrecionalidad, al obligar a que la ejecución se base en proyectos ya debatidos y técnicamente consistentes. Pero también exige un cambio incómodo para la sociedad organizada: pasar de la expectativa de contrato a la asunción de responsabilidad pública.

La calidad de los servicios públicos y de la infraestructura es un reflejo directo del nivel de madurez cívica de una sociedad. Mientras la ciudadanía —incluida la organizada— siga esperando que el gobierno piense, planee y cargue solo con los costos de largo plazo, los resultados seguirán siendo deficientes. Exigir sin contribuir no es ejercicio ciudadano; es una forma sofisticada de pasividad.

México no carece de capacidad técnica ni de profesionales calificados. Carece, todavía, de una ciudadanía organizada dispuesta a invertir tiempo, conocimiento y prestigio en la construcción de proyectos que no garantizan beneficios inmediatos, pero sí generan valor público duradero. La evolución pendiente no es solo institucional: es ética y cívica.

Ciudadanía, corresponsabilidad en México

La construcción del bien público

La ciudadanía es, en su definición básica, la condición jurídica, política y social que adquiere una persona al pertenecer a una comunidad organizada, normalmente un Estado, y que le otorga derechos y deberes reconocidos por la ley. Dicho de forma sencilla, ser ciudadano significa formar parte activa de una sociedad y participar en su vida pública conforme a normas compartidas. No se trata únicamente de una pertenencia formal, sino de una relación viva entre individuos, comunidad e instituciones.

En este sentido, la ciudadanía se construye sobre tres elementos fundamentales. El primero son los derechos, entendidos como las facultades que el Estado reconoce a las personas: votar y ser votado, expresarse y asociarse libremente, acceder a la educación, a la justicia y a la protección institucional. El segundo elemento son los deberes u obligaciones, que acompañan inseparablemente a esos derechos: cumplir las leyes, contribuir mediante impuestos, participar en la vida cívica y respetar los derechos de los demás. El tercer elemento es la participación, que implica intervenir en los asuntos públicos no solo a través del voto, sino también mediante la deliberación, la organización social y la vigilancia del ejercicio del poder.

En una concepción más amplia y contemporánea, la ciudadanía trasciende lo estrictamente legal y se entiende como una práctica social cotidiana. Incluye la conducta ética, el compromiso con el bien común, el respeto a la diversidad y la defensa de los derechos humanos. Bajo esta óptica, la ciudadanía no es un estatus pasivo que se posee, sino una forma de convivencia y corresponsabilidad que se ejerce.

Desde esta perspectiva cívica y social, los mexicanos como ciudadanos presentamos un perfil complejo y contrastante, resultado de nuestra historia política, de nuestras instituciones y de las condiciones socioeconómicas que caracterizan al país. No se trata de una valoración homogénea, sino de un entramado de fortalezas y debilidades que coexisten y, en ocasiones, se contradicen.

Entre las fortalezas destaca la alta capacidad de organización social. Ante la insuficiencia o ausencia del Estado, la sociedad mexicana ha desarrollado redes comunitarias y solidarias notables, visibles en la respuesta ante desastres naturales, en la organización vecinal y en el apoyo mutuo en contextos de crisis. A ello se suma un fuerte sentido de identidad y pertenencia, que genera cohesión cultural y arraigo al territorio, a la historia y a las tradiciones. Asimismo, existe una participación cívica informal amplia, expresada en movimientos sociales, activismo comunitario y defensa del territorio, del agua, de los derechos humanos y del patrimonio común.

Sin embargo, estas fortalezas conviven con debilidades estructurales profundas. Una de las más relevantes es la baja confianza en las instituciones, producto de una percepción persistente de corrupción, impunidad e ineficiencia, que ha erosionado la relación entre ciudadanía y Estado. A ello se suma una participación política intermitente, que para muchos se reduce al voto periódico, sin continuidad en la vigilancia, la exigencia de rendición de cuentas ni el seguimiento de políticas públicas. Finalmente, persiste la normalización de prácticas contrarias a la legalidad, como la evasión de normas o el incumplimiento de obligaciones cívicas, lo que debilita el Estado de derecho.

Estas características no surgen de manera espontánea. Están explicadas por factores estructurales: una historia prolongada de centralismo y autoritarismo que limitó la formación de una ciudadanía activa y crítica; una desigualdad social profunda que restringe el ejercicio pleno de derechos; y una educación cívica tradicionalmente más normativa y declarativa que práctica y experiencial.

El resultado es una ciudadanía que no es pasiva ni indiferente, pero sí fragmentada y desigualmente empoderada. Se trata de una ciudadanía reactiva, capaz de movilizarse ante la emergencia o la injusticia, pero aún débil en la construcción sostenida de instituciones, normas y bienes públicos. En síntesis, México cuenta con un alto potencial social y, al mismo tiempo, con un déficit institucional y cívico que responde más a condiciones históricas y de diseño que a una carencia de valores individuales.

La comparación internacional ayuda a entender esta condición. Observando lo que ocurre en Estados Unidos, se aprecia que, en términos generales, ahí predomina una ciudadanía más activa en lo público cotidiano, mientras que en México prevalece una actitud más pasiva frente a los asuntos comunitarios. La diferencia no se expresa tanto en discursos como en prácticas concretas.

En Estados Unidos, lo público no se concibe exclusivamente como aquello que hace el gobierno. Escuelas, parques, bibliotecas, seguridad vecinal, recaudación local y consejos comunitarios son gestionados o cogobernados por ciudadanos. Existe una fuerte cultura de voluntariado, donaciones, participación en comités y uso de mecanismos legales para la defensa del interés colectivo. En México, en cambio, lo público se asocia casi exclusivamente al Estado. Cuando un ciudadano actúa directamente, su intervención suele verse como algo extraordinario, no como una obligación normal. Predomina la expectativa de que el gobierno resuelva incluso problemas claramente comunitarios.

Esta diferencia tiene raíces claras. México heredó un modelo centralista y paternalista en el que el Estado fue durante décadas el proveedor casi exclusivo de servicios y decisiones, lo que formó una ciudadanía dependiente más que corresponsable. Además, participar en asuntos públicos suele implicar costos, riesgos, conflictos o desgaste, con pocos incentivos visibles. A ello se suma la debilidad del ámbito local: mientras en Estados Unidos el nivel municipal o comunitario es decisivo y con atribuciones reales, en México el municipio es, con frecuencia, la esfera más frágil del Estado. Finalmente, la educación cívica ha carecido de una dimensión práctica que enseñe, desde temprano, que la comunidad funciona porque alguien se hace cargo.

El punto central es que no se trata de una falta de solidaridad. Los mexicanos sí asumimos responsabilidades, pero principalmente en el ámbito privado y familiar, en situaciones de emergencia o de manera informal. Existe capital social, pero este rara vez se traduce en gobernanza cotidiana. Por ello, en México predomina una ciudadanía que espera al gobierno, más que una que se asume como parte del gobierno, no por apatía moral, sino por un diseño institucional que desincentiva la corresponsabilidad y por una historia que enseñó que involucrarse no servía o resultaba costoso.

Esta condición se refleja con especial claridad en los servicios públicos. Agua potable, limpieza urbana, mantenimiento de infraestructura, alumbrado, transporte y espacios comunitarios suelen concebirse como responsabilidades exclusivas del gobierno. Cuando fallan, la reacción ciudadana se limita al reclamo, la indignación o la resignación, pero rara vez se traduce en corresponsabilidad activa. En el caso del agua, por ejemplo, se exige continuidad, calidad y tarifas justas, pero se minimiza la responsabilidad ciudadana en el consumo racional, el pago oportuno o el reporte de fugas. En el entorno urbano, se demanda limpieza y orden mientras se tolera el deterioro de banquetas, parques y equipamiento común bajo la lógica de que “para eso está el municipio”. Esta actitud sobrecarga a gobiernos locales ya debilitados y erosiona la noción misma de bien público.

En contraste, en Estados Unidos es común la participación ciudadana en juntas locales, asociaciones vecinales, consejos escolares y esquemas de voluntariado que inciden directamente en la calidad de los servicios. No se trata de un Estado ausente, sino de un Estado acompañado por ciudadanos que se reconocen como parte de la solución. Lo público se vive como un espacio compartido, no delegado.

Evolucionar como ciudadanía implica, por tanto, un cambio profundo: pasar de una cultura de exigencia pasiva a una de corresponsabilidad activa. Esto no significa sustituir al Estado ni justificar su ineficiencia, sino fortalecerlo desde la base social. Implica asumir que pagar los servicios, cuidarlos, participar en su planeación y vigilar su operación forma parte del ejercicio pleno de la ciudadanía.

Cerrar esta brecha exige acciones concretas y simultáneas. Por un lado, gobiernos dispuestos a abrir espacios reales de participación y rendición de cuentas, donde la intervención ciudadana tenga efectos tangibles y seguros. Por otro, una sociedad dispuesta a involucrarse de manera cotidiana, no solo en la protesta o la emergencia, sino en la gestión ordinaria de lo común.

La calidad de los servicios públicos es, en última instancia, un reflejo del tipo de ciudadanía que los sostiene. Mientras sigamos esperando que el gobierno lo haga todo, seguiremos teniendo servicios frágiles y comunidades desconectadas. El reto para México es construir una ciudadanía que no solo demande derechos, sino que asuma responsabilidades como parte integral y permanente de la vida pública.

Sistema nacional de servicios de agua potable y saneamiento. Primera parte

Sobre la operación y administración de los organismos de agua potable y saneamiento he escrito ya varias publicaciones, intentando aportar reflexiones de cómo mejorarlos, dar servicios de calidad, hacerlos sostenibles ante la mala calidad general en que se encuentran y sacudir un poco la conciencia ciudadana para hacerla reaccionar y no ver con apatía nuestras ciudades con miles y miles de tinacos que son testimonio de servicios sin continuidad y que, aceptando un servicio de agua sin calidad para beberla, nos hace uno de los países con más consumo de agua embotellada.

Por razones que no entiendo, la población en general no lo percibe como un problema serio como nos lo demostraron dos encuestas sobre la percepción del servicio que se levantaron hace 6 años. Y como es natural, el gobierno en sus diferentes órdenes no resuelve lo que no se percibe como prioritario. Pero las sequías, el cambio climático, la irregular distribución del recurso y el crecimiento urbano poco a poco lo van llevando al frente.

La inclusión del derecho humano al agua en el marco constitucional y el entorno legal tan difuso de las responsabilidades en la materia lo agrava al entenderse que, en la lógica estricta de nuestra legislación, el derecho solo podrá satisfacerse a través de los servicios brindados por los organismos operadores de los servicios que constitucionalmente corresponden a los municipios, con toda su ineficiencia, insuficiencia e incapacidad. Y las excepciones a esta situación solo hacen ver más grave el estado de los servicios en más de 2,000 municipios.

En diferentes lugares y por una conjunción de circunstancias, los astros se alinean y los servicios mejoran y nos demuestran que sí es posible dar buenos resultados. Pero más temprano que tarde las cosas se revierten y la mediocridad hace retroceder las esperanzas de la sostenibilidad. Y esto se repite en lugares y bajo escenarios diversos. Les decisiones políticas, el corto tiempo administrativo, la rotación de funcionarios y cuadros técnicos, la falta de capacitación, los marcos legales tan vulnerables, las razones, pretextos y causas pueden amontonarse, pero la realidad se impone y el invierno llega, aunque no se quiera, como dice la canción.

El tiempo y los vientos me han llevado a dirigir organismos, a ser consultor, a estar en posición de autoridad en la materia y la adicción que genera este tipo de trabajo me han dado la posibilidad de observar desde diferentes ángulos el problema de los servicios de agua potable y saneamiento tratando de entender su problemática y hacer diferentes tipos de propuestas y ofrecer experiencias tratando de alcanzar el objetivo de que los servicios se presten con calidad en cantidad, continuidad y potabilidad y se brinde un saneamiento que devuelva a la naturaleza un recurso capaz de ser reutilizado. Que esto sea para todos y con la asequibilidad que el derecho humano exige por ley.

Y pienso que puede ser que la falla esté en verlo desde diferentes ángulos. Casi todos los intentos y propuestas por lo general atacan cada uno de estos ángulos, pretendiendo solucionar problemas en un ámbito o en otro, y se obtienen resultados, pero las externalidades en unos casos y en otros, las condiciones internas inherentes socavan las estructuras y lo construido con tanto trabajo se va derrumbando poco a poco.

Y probablemente tenemos que verlo desde un solo punto de vista. Tenemos que ver la totalidad desde el origen, por remoto que parezca. ¿Qué exista una autoridad del agua de nivel secretaría de estado influye en los servicios de agua potable y saneamiento? Pudiera opinarse que no, sin embargo, la forma en que están distribuidas las facultades y responsabilidades, la forma en que los recursos fluyen, el que no haya un sistema de información nacional ni una autoridad nacional de agua potable y saneamiento pueden dibujar un panorama que sería diferente si las cosas se alinearan de manera diferente.

Creo que vale la pena intentar un enfoque sistémico de todos los factores desde la institucionalidad del agua, hasta la operación y distribución de los servicios en las poblaciones rurales y visualizar una estructura que abarque todos los factores, funciones y responsabilidades que pudieran fortalecer todos los aspectos para alcanzar el objetivo señalado anteriormente: que los servicios se presten con calidad en cantidad, continuidad y potabilidad y se brinde un saneamiento que devuelva a la naturaleza un recurso capaz de ser reutilizado. Que esto sea para todos y con la asequibilidad que el derecho humano exige por ley.

Y como hay que comenzar por un extremo, comencemos por el ámbito federal. Me parece indudable que plantear una planeación nacional para el desarrollo del país, debería requerir, no solo abarcar todos los temas que inciden en el desarrollo, sino disponer de la información real del estado de esos aspectos. Y desde luego el agua como recurso, el uso que de ella se hace y en particular, la disponibilidad y su utilización en el ámbito urbano y rural para el consumo personal, industrial, de servicios de todo tipo y más, para cumplir con un derecho constitucional, debe ser un tema de prioridad en la planeación y contar no solo con una planeación sexenal, sino con una estrategia en constante revisión y actualización, sobre todo cuando nuestro país tiene una tan irregular distribución del recurso que es tan sensible ante el cambio climático y los fenómenos extremos de exceso y falta de ocurrencia.

Sobre la autoridad del agua y su institucionalidad ya hemos hablado, por lo qué, específicamente en el marco necesario para los servicios, podríamos enfocarnos sistémicamente en tres aspectos: información, regulación y recursos financieros, sobre los cuales debemos analizar sus objetivos, alcances e institucionalidad.

Soy consciente de que, en el desarrollo de estas reflexiones, los planteamientos que haga podrán caer ante el fantasma de la inconstitucionalidad. Pero, por un lado, no quiero que me detengan ya que es un intento de ver la totalidad sin poner barreras en esa visión, y por el otro, es evidente que de pretender aterrizarlo en acciones requeriría de una fuerte voluntad política y del análisis exhaustivo de cómo salvar en su conjunto esas barreras legales para hacer viable el proyecto que bien lo merecería si fuera aceptable. Ya lo he mencionado en otros escritos, el tema no se limita al ámbito de una ley sino a la creación o transformación de un marco completo en nuestra cultura social.

Abordemos el primer tema, la información. A nivel nacional no existe información completa, realista y sistemática sobre los servicios de agua potable y saneamiento. Diversas dependencias e instituciones cuentan con información parcial y obtenida de diferentes fuentes, provenientes de acciones de índole variada y con diferentes objetivos. Me explico un poco. CONAGUA cuenta con información parcial, en su mayor parte producto de un intento de control de sus inversiones de los organismos beneficiados y de extrapolaciones aproximadas, cuyo principal objetivo es determinar el índice de cobertura nacional de servicios instalados, sin importar si funcionan o no. El IMTA y otros organismos y fundaciones reúnen informaciones voluntarias de diferentes organismos para obtener índices de funcionamiento, tarifas, eficiencias, etc. El INEGI, la institución nacional de información, a través de sus diferentes censos periódicos, colecta información de los municipios y organismos operadores, pero no es total ni utilizada formalmente por CONAGUA. Además, y por experiencia personal lo digo, los responsables de los servicios dan información diferente a los diferentes solicitantes de ella, en función de los objetivos y posibilidades de quienes la soliciten.

No existiendo a nivel nacional una institución responsable del tema, nadie tiene la responsabilidad integral de reunir información consolidada y realista de los servicios. Para ninguna autoridad, organismo o institución es obligatorio rendir cuentas auditables sobre los servicios de agua potable y saneamiento a su cargo. Muchos se interesan sobre una multiplicidad de índices, pero pocos se preocupan de que existan datos básicos reales y auditables que darían en verdad sustento a índices para su análisis de la situación.

Por lo tanto, parece necesario e indispensable que rendir cuentas sobre la información de los servicios de agua potable y saneamiento, sea una obligación auditable y sancionable a nivel nacional, que la información consista en datos y no en índices, que cada información tenga un solo responsable y que el proceso sea sistemático. No es fácil y no es de un plazo inmediato, por lo que mientras más se tarde en tomar acciones, más lejos estarán los resultados. En plática con funcionarios de INEGI se comentaba que para que ellos pudieran reunir la información y hacerla pública era necesario declararla de utilidad nacional, ¿Y no lo es?

En INEGI son expertos en información, no en servicios de agua potable y saneamiento. Es necesario que exista la institucionalización del tema. Y esto lleva a la autoridad del agua y su institucionalización y la creación de un verdadero sector del agua. La institucionalización del tema sería lógica en alguna dependencia del sector cuyas funciones se podrán ir constituyendo conforme avancemos en este análisis.

Por longitud cierro esta primera parte. Faltan los temas de regulación y recursos financieros por abordar. He tratado de sistematizar este esfuerzo de conceptualización en un diagrama que expongo todavía en proceso, pero que puede ayudar a situar los párrafos escritos.

El derecho humano al agua y el costo de los servicios. Segunda parte

Retomando los últimos párrafos de mi reflexión anterior y que la necesidad de subsidios para garantizar la asequibilidad de toda la población a los servicios de agua potable y saneamiento ofrecidos por organismos públicos o privados, representa la realidad de que con la actual legislación mexicana, el derecho humano solo será realidad a través de organismos operadores municipales, intermunicipales o convenidos con los estados que sean sostenibles mediante sistemas tarifarios claros, justos y que se hagan asequibles sin perder la posibilidad brindar servicios de calidad en forma permanente.

Lo primero sería definir lo que desde mi punto de vista debería considerarse un subsidio y esto sería la diferencia entre el costo real de los servicios y lo cobrado por ellos cuando este monto es menor. Por lo contrario, lo cobrado por encima sería un sobrecosto, justificable si es claro y es para sostener un esquema de subsidios cruzados transparente para los usuarios.

Pero la primera opción que mencioné fue la de subsidios focalizados a cargo del gobierno y con cargo al erario (y perdón por el pleonasmo terrible en la publicación anterior, erario público, ya que por definición el erario es público o correspondiente al estado). ¿Por qué focalizados? Porque se otorgan a las personas o núcleos claramente definidos y caracterizados por condiciones específicas. Se usan mayormente cuando el operador es privado y sus tarifas son autorizadas sobre la base de estudios de sus costos y se determina el cumplimiento de sus obligaciones con respecto al servicio a cambio de que los subsidios sean externalidades a cargo del otorgante de las concesiones. Siendo este el caso, desde luego corresponderá a la autoridad fijar su monto, ya que no impacta en la economía del organismo operador, pero desde luego existe una lógica que determina su manejo si no se quiere que se transformen en un problema que puede llegar a ser poco manejable.

Lo regularmente deseable es que no sean totales o se convertirían en la gratuidad de los servicios para ciertos grupos. No deberían ser por el total del consumo, sino solo por un volumen que se considere satisfaga el derecho humano y que por otra parte esté en concordancia con el nivel socioeconómico del receptor o atienda a una política de estado expresamente enunciada.

¿Cómo se manejan? Mediante bonos o documentos que los merecedores de ellos, obtienen de la autoridad otorgante y que se presentan al prestador de servicios como parte del pago de los servicios y que el prestador hará efectivos ante la autoridad otorgante. Podrían manejarse mediante credenciales de vigencia definida, pero ello incrementa la dificultad de manejo al hacer efectivo su importe y se presta a manejos incorrectos entre los participantes.

En resumen, se determinan tarifas generales por servicio que procuran la sostenibilidad del operador y el derecho humano se cumple cuando la asequibilidad se garantiza mediante subsidios otorgados a cargo del erario en forma focalizada a quienes lo requieran por sus condiciones socioeconómicas de acuerdo con políticas expresas de la autoridad y aceptadas por la comunidad.

El caso de los subsidios cruzados lo he tratado en un artículo anterior, del que copio una gran parte con algunas precisiones.

El artículo 171 de la Ley de Aguas para el Estado de San Luis Potosí es un ejemplo de que tenemos buenas leyes, aunque no se apliquen: “El prestador de los servicios podrá determinar una estructura tarifaria, que tome en cuenta el tipo y nivel socioeconómico o la capacidad de pago de los diferentes estratos de usuarios. De tal forma que permita establecer criterios de equidad en el costo de dichos servicios. La estructura tarifaria deberá diseñarse de manera que de su aplicación resulten los mismos ingresos, que si se aplicaran las tarifas medias” vemos que habla de estratos de usuarios, lo que sería muy difícil de manejar a nivel de personas, pero si podría ser más fácil si los estratos los referimos geográficamente a zonas habitacionales por sus características socioeconómicas como se hace en Colombia. Ahí tienen los centros de población, urbanos y rurales, estratificados en seis niveles que podríamos considerar como: marginado o en desarrollo, popular, vivienda social, nivel medio, residencial y residencial de lujo. Ahora este sistema ha recibido muchas críticas por parte de su población, pero ha funcionado por casi treinta años e indudablemente deberá tener ajustes, pero ha funcionado. Nada podremos considerar perfecto y con el paso del tiempo las contradicciones de cualquier sistema se hacen cada vez más evidentes y deben ser corregidas.

Interesado por el modelo colombiano de estratificación geográfica de la población, exploramos la posibilidad de aplicarlo en México comentándolo con los directivos del INEGI. El instituto realiza además de los censos de población, censos habitacionales y censos económicos sobre la base geográfica e incluso de las instalaciones hidráulicas. Es tan solo necesario determinar las variables de tipo de vivienda y condiciones socioeconómicas para poder hacer una estratificación por manzana a nivel municipal de casi todo el país. Incluso se podría manejar el promedio de habitantes por predio. Ellos manejan actualmente una estratificación por marginación, que por sus características no se ajustaría a los requerimientos que planteamos. Pero de que se puede, se puede.

El costo medio por m3 o sea el precio que, si todos los usuarios pagaran por todos los m3 que consumen, sería suficiente para la sostenibilidad del organismo operador, se debiera aplicar al estrato medio por la totalidad del consumo. Este costo medio aparecería en todos los recibos como base del cobro. Para los otros diferentes estratos de usuarios se aplicaría:

  • Un subsidio que podría llegar hasta el 70% del costo medio a los usuarios del primer estrato, pero solo por los primeros 20 m3 consumidos, volumen más que suficiente para una familia y para el cumplimiento del derecho humano al agua. El consumo restante se cobraría al costo medio
  • Un subsidio de hasta el 35% del costo medio a los usuarios del segundo estrato, pero solo por los primeros 20 m3 consumidos. El consumo restante se cobraría al costo medio
  • Un subsidio de hasta el 15% del costo medio a los usuarios del tercer estrato, pero solo por los primeros 20 m3 consumidos. El consumo restante se cobra al costo medio
  • Al cuarto estrato o sea el medio, se cobraría el total del consumo al costo medio
  • Al quinto estrato se aplicaría un sobrecosto desde el 35% al total del consumo
  • Al sexto estrato se aplicaría un sobre costo desde el 50% al total del consumo
  • Los usuarios comerciales e industriales se aplican sobrecostos semejantes a los de los estratos quinto y sexto

Los recibos podrían ser muy claros, siempre referenciados al costo medio de los servicios y limitando los subsidios a un consumo de 20 m3 mensuales, suficientes para la digna supervivencia de cualquier familia. Quien usa más agua, la paga al costo medio. Obvio, el servicio tiene que ser medido y no existen cuotas fijas.

El sistema no es inhibitorio del consumo excesivo, pero existe la posibilidad de utilizar el criterio de las TBC (Tarifas por bloques crecientes) aplicados dentro de los estratos socioeconómicos a partir del consumo de los 20 m3 y las pendientes del precio de los bloques podrían ser muy suaves, dado que parten de un costo medio.

Un problema previsible es el de los municipios pequeños en los que la estratificación del nivel de los usuarios tiene muy poca variación, no existiendo importantes diferencias socioeconómicas que puedan crear en sistema de subsidios cruzados suficientemente compensado.

El criterio sería hacer uso del “hasta” y el “desde” en los porcentajes que pueden llegar a ser muy pequeños o necesitar ser muy altos, pagando casi todos, el costo medio y asociando municipios bajo un mismo prestador. Debería recurrirse a la asociación intermunicipal forzada por medidas regulatorias, para alcanzar masas económicas suficientes para una eficaz economía de escala. En algunos casos se deberá contar con apoyo estatal que puede ser en especie a través de servicios necesarios de equipo o personal especializado.

Como es evidente por el contenido de estas tres reflexiones sobre como enfrentar y hacer posible cumplir el derecho humano de acceso al agua potable y al saneamiento mediante buenos servicios sostenibles, no basta una ley general sino un marco legal integrado y una regulación activa en un proceso que puede no ser de aplicación inmediata, pero si progresivo y sostenido.

Un desayuno anual

Las fiestas anuales de invierno, aparte del frío y las gripas, traen algunos buenos encuentros, epistolares y personales. Para mí, uno de ellos, es la posibilidad de reunirme en eventual desayuno, con la familia de Jorge, esposo de la hermana de quien fuera mi esposa anterior. A pesar de los 25 años de ya no ser familiares políticos, me une con sus hijos un afecto que ha trascendido la sangre y el tiempo, y con él, una amistad hecha del encuentro intelectual, moral y ético. He aprendido mucho de Jorge y aunque coincidimos poco en el aspecto religioso, siempre lo he considerado un buen hombre que une una gran inteligencia a creencias que lo atan, desde mi muy particular punto de vista. Tiene un gran interés en identificar patrones sociales y encontrar sentido a los comportamientos grupales con el motivante impulso de aprovecharlos para mejorar las relaciones y la productividad sustentadas en impulsos internos positivos.

De él aprendí lo que llama la “cultura de servicio”, probablemente la mejor y más honesta forma de motivación empresarial que he conocido y con la que me he sentido comprometido. Un proceso inteligente, estructurado y profundamente ético que beneficia realmente a las personas y a la empresa o institución, haciendo crecer a su personal hasta el nivel de ser capaz en muchos casos, de dejar atrás a sus supervisores o jefes y que al mismo tiempo aporta seriamente elementos para mejorar la eficiencia desde el interés de los empleados por ser mejores.

En nuestro último encuentro, mientras el 2022 da sus pasos finales, platicando sobre el panorama social que presenta nuestro país, me comentaba de su visión del sentido que han tomado los dos grandes centros de decisiones y dirección de la sociedad, el gobierno y sus diferentes estructuras y por otro lado la sociedad particular. Para esta última el valor por excelencia es la eficacia, mientras para el primero lo es la lealtad, sin límites y mientras más ciega, mejor. Por encima del conocimiento y la capacidad, en ambos casos dejando atrás valores como la honestidad y el compromiso con la propia sociedad, aunque de dientes para afuera se presuma otra cosa.

Disentí en cuanto al concepto de lealtad y al final coincidimos en que el gobierno no demanda lealtad, porque en principio la lealtad se otorga y es un valor que ennoblece al que la entrega y al que la recibe. La lealtad es libre y es de ida y vuelta. Lo que el gobierno demanda de sus seguidores es servilismo sin reciprocidad y si no se otorga, se da el ostracismo en el mejor caso, cuando no la condena y el rechazo. Las acciones de arriba no se discuten, no tienen que explicarse y no se exigen recompensas, sino que se otorgan dádivas cuando mucho.

Un servilismo más propio de sectas que de organizaciones políticas, sin importar la razón o rectitud de las acciones del líder. Sus ideas y demandas se sacralizan y quien no las acepta o las discute merece anatema por la herejía de oponerse.

Esto es condenable en una secta y definitivamente debiera evitarse en una sociedad libre como la que pretendemos ser o como la que desearíamos ser. Pero convertirlo en una política de gobierno o aceptarlo como principio social bajo el que se gobierna suena aberrante. Pero la democracia lo hace aceptable porque la simple mayoría numérica de individuos lo valida. ¿Qué es lo que falla? ¿La cultura o incultura tan estratificada y desigual de nuestro pueblo? ¿El concepto de democracia universal en la que no importa el nivel sino solamente el individuo? ¿La falta de contrapesos efectivos en nuestro sistema presidencial? ¿Qué es preferible una dictablanda ilustrada a una democracia general?

Ni concluimos ni encontramos respuesta satisfactoria y queda para el próximo desayuno anual. Y ahí queda el dilema para cada uno de los mexicanos (¿somos una especie pensante todos nosotros?) pero no cabe duda que México merece una respuesta y no caminar todos juntos, los unos y los otros, simplemente como los lemmings del mito suicida.

Sociedad e individuo

Reflexión sobre un prólogo de OSHO

¿Cuál es la diferencia entre un revolucionario y un rebelde?

Un revolucionario es parte del mundo político, su enfoque es pues político. Su entendimiento consiste en modificar la estructura social para cambiar al ser humano.

Un rebelde es un fenómeno espiritual. Su enfoque es absolutamente personal. Su visión indica que para transformar la sociedad debemos cambiar al individuo comenzando por si mismo.

La “sociedad” no existe en sí misma, es solamente un nombre colectivo -un nombre, no una realidad- sin substancia igual que “muchedumbre”; así pues, si la buscas, no la hallarás en ninguna parte. Dondequiera que busques a alguien, encontrarás un individuo. La sociedad es un interlocutor elusivo que se manifiesta por quien da la cara, alguien que se aprovecha o se escuda tras ella.

El individuo tiene alma, la posibilidad de evolucionar, cambiar, transformarse, por tanto, la diferencia entre individuo y sociedad es enorme. El rebelde….. Trae al mundo un cambio en el estado consciente y si el estado consciente cambia, entonces la estructura de la sociedad también lo hará. Pero lo contrario no puede ocurrir, ha sido demostrado por todas las revoluciones que han fracasado.

Ninguna ha tenido éxito en cambiar a los seres humanos; pero al parecer no estamos al tanto de ello. Continuamos pensando en términos de revolución: cambiar la sociedad, el gobierno, la burocracia, cambiar leyes y sistemas políticos. Feudalismo, capitalismo, comunismo, socialismo y fascismo fueron a su manera revolucionarios. Todos fallaron y seguirán haciéndolo porque el hombre sigue siendo el mismo. Gautama Buda, Zaratustra y Jesús son rebeldes. Su confianza está en el individuo. Podría decirse que ellos tampoco han tenido éxito, pero su fracaso es totalmente distinto al de la revolución. Los revolucionarios han probado sus métodos en varios países de diversas formas y han fallado. El rebelde es todavía una dimensión sin explorar, sus mensajes sistemáticamente no han querido someterse a prueba.

Debemos ser rebeldes no revolucionarios. El revolucionario pertenece  a una esfera mundana…. El revolucionario no puede permanecer solo, necesita una muchedumbre, un partido político o un gobierno. Necesita poder y el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Todos los revolucionarios que capturaron el poder han sido corrompidos por él. No podían cambiar la naturaleza del poder y sus instituciones; el poder los cambió a ellos y sus mentes, los corrompió. Únicamente cambian los nombres, pero la sociedad continúa siendo la misma. Es necesario el cambio de cada individuo, la toma de conciencia personal en una masa crítica, para observar cambios de fondo en una sociedad.

El crecimiento de uno no hace la norma, es la excepción. Lo peor es que, cuando esta persona está sola, la muchedumbre no puede tolerarla. Su existencia se convierte en una especie de humillación; su mera presencia se considera insultante porque abre nuestros ojos, muestra nuestro potencial y nuestro posible futuro. Y esto daña el ego de los demás, porque no han hecho nada para crecer, ser más conscientes, amar más, alcanzar el éxtasis, ser más creativos y ser capaces de ver otra realidad para crear un mundo hermoso a su alrededor.. .. Es mejor crucificar a Jesús y envenenar a Sócrates a fin de eliminarlos; así no tendrán que sentirse inferiores….

Tenemos que destruir lo viejo, su frialdad, sus ideologías corruptas, sus estúpidas discriminaciones, sus absurdas supersticiones y crear un nuevo ser humano con ojos frescos y nuevos valores. La discontinuidad con el pasado es el sentido de la rebeldía…

La revolución es una continuidad con lo viejo. La rebelión es una discontinuidad. Comienzas tu vida de nuevo a partir de cero. Se rebelde, cambia tú antes de esperar que los otros cambien…..el Che es un caso raro en extremo. De revolucionario pasa a rebelde cuando abandona la revolución que el mismo ayuda a triunfar, cuando propone al hombre nuevo que se realiza en él solamente y camina hacia su muerte. El santo de la Higuera es un rebelde que abandonó al revolucionario.

El revolucionario trata de cambiar lo viejo, el rebelde simplemente lo abandona como la serpiente se despoja de su vieja piel y no vuelve atrás…

Los días de la revolución han terminado. La revolución francesa fracasó, produjo a Napoleón; la revolución rusa fracasó, produjo a Stalin; la revolución china fracasó, produjo el trabajo esclavo; la revolución mexicana fracasó, produjo al PRI; la revolución cubana derivó en el Fidel Castro repudiado. En la India incluso la revolución de Gandhi se frustró ante los propios ojos de él. Él enseñó la no violencia a lo largo de su vida y frente a sus ojos el país se dividió, millones de personas fueron asesinadas quemadas vivas. Gandhi también fue asesinado. Extraño final para un santo no violento. En el proceso, él mismo olvidó sus enseñanzas. Antes de que su revolución se afirmara, un pensador estadounidense Louis Fischer preguntó a Gandhi: ¿qué hará con las armas y los ejércitos cuando la India se convierte en un país independiente?

Gandhi respondió: – Arrojaré las armas al océano y enviaré a los ejércitos a trabajar en campos y jardines -.

Louis Fischer continuó: 

Pero ¿olvida que alguien podría invadir su país? –

Gandhi repuso:

– Le daremos la bienvenida y si alguien nos invade lo aceptaremos como huésped y le diremos: “también puedes vivir aquí al modo en que nosotros vivimos. No hay necesidad de luchar” -.

Pero se olvidó completamente de su filosofía: así fracasan las revoluciones. Es muy hermoso hablar de estas cosas, pero cuando el poder llegar tus manos… En primer lugar Gandhi no aceptó ningún puesto en el gobierno. Lo hizo por temor ¿cómo iba informar al mundo entero de que iba arrojar las armas al océano y a enviar los ejércitos a trabajar en los campos? Eludió la responsabilidad de edificar aquello por lo que había luchado toda su vida, al darse cuenta de iba a acarrearle un enorme problema. Si hubiera aceptado un cargo en el gobierno habría tenido que contradecir su propia filosofía.

Pero el gobierno estaba constituido por sus discípulos, elegidos por él, y no les pidió que licenciaran al ejército. Cuando Pakistán atacó la India, él no dijo al gobierno “Vayan a las fronteras y den la bienvenida a los invasores como huéspedes”. En cambio bendijo los primeros tres aviones que bombardearon Pakistán: volaron sobre la villa que habitaba en nueva Delhi y salió al jardín a bendecirlos. Los aviones continuaron su viaje para destruir a su propia gente que sólo unos cuantos días antes eran sus hermanos y sus hermanas.

Actuó sin tan siquiera advertir la contradicción. Y todos los revolucionarios, los más, no pacifistas, terminan sin entender su contradicción. Las sociedades no pueden cambiar, solo pueden cambiar los individuos.

El revolucionario es conciente de la necesidad del cambio. Arenga a la masa y pretende imponer el cambio.

El rebelde acepta la necesidad del cambio y cambia, arriesgándolo todo en su propio cambio y propone el cambio con su ejemplo.